Queridos cómplices:
No sé cómo empezar: estoy muy enfadada. No me gusta que se rían de mí y lo han hecho.
Después de dos días hablando con Gamma, estaba casi segura de que había conocido a alguien muy especial. Atrevido, sincero, algo erótico, travieso, simpático... Claro que no me fío de Internet, nunca lo he hecho pero... supongo que, cuando nos aburrimos, buscamos emociones dónde no las hay.
Esta tarde, después de compartir una bolsa de patatas con David (el ciber va a acabar con mi paciencia y mi silueta), volví a chatear con mi nuevo contacto.
Todo iba bien y, al fin, le convencí de que me pasase su foto. Tenía curiosidad; era posible que lo conociese (frecuentamos sitios parecidos) , puede que me hubiese cruzado un día, que fuese un desconocido... Esperé a que descargase el archivo (lo bueno de no robarle red a los vecinos es que no tardó nada) y abrí el documento.
¡No me lo podía creer! Parecía imposible... No podía ser... Aquel chico que salía en la foto, era David. Sí, mi compañero de trabajo (o mejor dicho, el de Fran). Ahí estaba, sonriendo a cámara, con esos ojazos verdes y sus rastas... Increíble.
Estaba claro de que alguien había robado su foto, algún conocido o un idiota que se dedica a pasearse por tuentis y fotolog. También podría ser que, por casualidad, nos hubiésemos encontrado en el chat. El chico nunca me había parecido tan profundo como Gamma pero ya se sabe que las apariencias engañan...
Me puse muy nerviosa. No sabía que hacer y, entonces, le miré.
¡Él me estaba mirando a mí! ¡Y se estaba riendo! Estaba claro que sabía que había hablado conmigo en todo momento. Y le he contado muchas cosas. Me sentí muy violenta y también muy enfadada. No me gusta que jueguen conmigo.
Así que, cómo estábamos a punto de cerrar, apagué el ordenador y me levanté. Uno de los chicos habituales me detuvo para decirme que le pasaba no se qué de un troyano.
- Díselo a David, que sabe de todo mucho. - dije en voz alta. El aludido me dijo algo, supongo que para detenerme. Pero a mí me había dado tiempo a coger mi bolso y largarme de allí. Él se encargaría de recoger todo.
Sé que mi actuación ha sido bastante infantil. No puedo decir nada a mi favor, sólo que me pudo la rabia y la vergüenza. Lo peor es que mañana me toca verle y, seguramente, escuchar un montón de tonterías. De momento, Fran me ha escrito un sms, diciéndome que su compañero le ha llamado, que está muy preocupado.
A veces, pienso que lo que no me pasa a mí no le pasa a nadie.
jueves, 24 de julio de 2008
lunes, 21 de julio de 2008
CHATEANDO
Queridos cómplices:
Nunca había pensado que trabajar en un ciber pudiese ser tan aburrido. Tanto, que ni siquiera he tenido nada que escribir.
La culpabilidad ha ido desapareciendo y la monotonía provocada por atender a niños de entre diez y catorce años me han hecho plantearme que estoy perdiendo el tiempo.
Trabajo de cinco a dos de la mañana, a excepción de fines de semana que estamos abiertos hasta las tres y media.
Afortunadamente, a partir de las once de la noche los niños se marchan a sus casas y algún que otro mayor de edad se asoma por allí. Sin embargo, está suponiendo un grave problema para mi autoestima.
He probado con distintos escotes, minifalda, miraditas... ¿de qué están hechos esos chicos, de piedra? ¿O sólo se fijan en tí si sales en una página porno o te disfrazas de la princesa Leia? Al menos, David, el otro encargado, rebosa simpatía y, de vez en cuando, se acerca a darme algo de conversación.
David es muy mono, con pintas bastante hippies que no pegan en el lugar y también algo rarillo. Se divierte allí jugando en red y comiendo patatas fritas y chocolatinas que también vendemos. Lo suyo no es un trabajo, es un pasatiempo. Supongo que igual que para Fran (ya me puede agradecer el favor) que es tan "otaku" y tan amante del rol que sólo es uno más de esa fauna cibernética.
Este viernes, por eso de no perder la cabeza, después de haber leído seis libros en una semana, decidí entrar en un chat. Hacía años que no lo hacía pero, al final, me animé.
Dos horas y un kit kat después, había conocido a tres supuestos chicos de lo más interesantes. Uno más que el resto, puesto que sólo es un año más pequeño que yo y vivimos en la misma ciudad. Se hace llamar Gamma.
Llevamos dos días chateando, incluso nos hemos dado el correo. Él dice acabar de salir de una relación y habla de su necesidad de probar cosas nuevas. Yo, le he contado mi historia (de hecho, creo que ha leído este blog). Coincidimos en gustos, aficciones y fantasías. Es la típica persona con la que hablas un par de veces y parece que conoces de media vida.
Sé que es una tontería y que, seguramente, se trata de un cuarentón salido con poco trabajo en la oficina pero es entretenido y me gusta saber que cuando me conecto está ahí, esperando.
Ya me ha pedido en un par de ocasiones una foto... no voy a dársela... Creo que será mejor que me la pase él primero y si me interesa ya se verá...(soy bastante miedosa con eso de Internet y dar mi imagen a desconocidos) ¿Quién sabe? Quizás conozca su cara esta tarde...
Nunca había pensado que trabajar en un ciber pudiese ser tan aburrido. Tanto, que ni siquiera he tenido nada que escribir.
La culpabilidad ha ido desapareciendo y la monotonía provocada por atender a niños de entre diez y catorce años me han hecho plantearme que estoy perdiendo el tiempo.
Trabajo de cinco a dos de la mañana, a excepción de fines de semana que estamos abiertos hasta las tres y media.
Afortunadamente, a partir de las once de la noche los niños se marchan a sus casas y algún que otro mayor de edad se asoma por allí. Sin embargo, está suponiendo un grave problema para mi autoestima.
He probado con distintos escotes, minifalda, miraditas... ¿de qué están hechos esos chicos, de piedra? ¿O sólo se fijan en tí si sales en una página porno o te disfrazas de la princesa Leia? Al menos, David, el otro encargado, rebosa simpatía y, de vez en cuando, se acerca a darme algo de conversación.
David es muy mono, con pintas bastante hippies que no pegan en el lugar y también algo rarillo. Se divierte allí jugando en red y comiendo patatas fritas y chocolatinas que también vendemos. Lo suyo no es un trabajo, es un pasatiempo. Supongo que igual que para Fran (ya me puede agradecer el favor) que es tan "otaku" y tan amante del rol que sólo es uno más de esa fauna cibernética.
Este viernes, por eso de no perder la cabeza, después de haber leído seis libros en una semana, decidí entrar en un chat. Hacía años que no lo hacía pero, al final, me animé.
Dos horas y un kit kat después, había conocido a tres supuestos chicos de lo más interesantes. Uno más que el resto, puesto que sólo es un año más pequeño que yo y vivimos en la misma ciudad. Se hace llamar Gamma.
Llevamos dos días chateando, incluso nos hemos dado el correo. Él dice acabar de salir de una relación y habla de su necesidad de probar cosas nuevas. Yo, le he contado mi historia (de hecho, creo que ha leído este blog). Coincidimos en gustos, aficciones y fantasías. Es la típica persona con la que hablas un par de veces y parece que conoces de media vida.
Sé que es una tontería y que, seguramente, se trata de un cuarentón salido con poco trabajo en la oficina pero es entretenido y me gusta saber que cuando me conecto está ahí, esperando.
Ya me ha pedido en un par de ocasiones una foto... no voy a dársela... Creo que será mejor que me la pase él primero y si me interesa ya se verá...(soy bastante miedosa con eso de Internet y dar mi imagen a desconocidos) ¿Quién sabe? Quizás conozca su cara esta tarde...
lunes, 7 de julio de 2008
REMORDIMIENTOS
Queridos cómplices:
Me prometí que esto no pasaría pero ha ocurrido. He visto a Ángel y me ha podido la conciencia.
Por supuesto, no le he dicho nada a él ni pienso contárselo. Sin embargo, verlo tan frágil y tan delicado, preocupado por si me pasaba algo...
Preferiría que me hubiese pegado a que me abrazase contra sí y me preguntase que si todo estaba bien, que si le quería, que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por mi, que si necesitaba espacio me lo daría...
Sólo le aseguré que le quiero. No es mentira. Me siento un monstruo y, en cierto modo, no puedo dejar de pensar que lo soy. No es sólo que sea un poco zorra sino que el daño que puedo llegar a hacerle es inmenso.
Suena irónico pero quizás esté haciendo esto porque le amo. Necesito vivir pero no quiero perderle. Son dos cosas incompatibles. O tal vez no. Creo que estoy demostrando que, al menos en un comienzo, una doble vida no es tan difícil.
Sé que estoy segura de que lo que pasó el otro día no saldrá de aquel probador. Por mucho que Alberto (también conocido como el apuesto dependiente) intentase disimularlo, era evidente que, igual que yo, tenía algo que esconder. Por eso, estoy bastante tranquila.
La verdad es que no me siento culpable por lo que he hecho. Sólo quiero creer que, anímica y moralmente, puedo seguir con esta dualidad de mi persona. No puedo venirme abajo. Esto sólo ha sido una pequeña aventura de una noche pero no puedo dejar de pensar en lo bien que me sentí al día siguiente. Llena de energía, atractiva, en plena ebullición. Necesito una temporada seguir así... No sé si es bueno o malo... No lo sé...
En cuanto a mis planes de verano, se han solucionado. Finalmente, me pongo a trabajar allí este viernes. Fran, el hermano de Anabel, trabaja allí y necesita vacaciones. Lo sustituyo y de propina consigo 350 euros, que no me vienen nada mal.
Me prometí que esto no pasaría pero ha ocurrido. He visto a Ángel y me ha podido la conciencia.
Por supuesto, no le he dicho nada a él ni pienso contárselo. Sin embargo, verlo tan frágil y tan delicado, preocupado por si me pasaba algo...
Preferiría que me hubiese pegado a que me abrazase contra sí y me preguntase que si todo estaba bien, que si le quería, que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por mi, que si necesitaba espacio me lo daría...
Sólo le aseguré que le quiero. No es mentira. Me siento un monstruo y, en cierto modo, no puedo dejar de pensar que lo soy. No es sólo que sea un poco zorra sino que el daño que puedo llegar a hacerle es inmenso.
Suena irónico pero quizás esté haciendo esto porque le amo. Necesito vivir pero no quiero perderle. Son dos cosas incompatibles. O tal vez no. Creo que estoy demostrando que, al menos en un comienzo, una doble vida no es tan difícil.
Sé que estoy segura de que lo que pasó el otro día no saldrá de aquel probador. Por mucho que Alberto (también conocido como el apuesto dependiente) intentase disimularlo, era evidente que, igual que yo, tenía algo que esconder. Por eso, estoy bastante tranquila.
La verdad es que no me siento culpable por lo que he hecho. Sólo quiero creer que, anímica y moralmente, puedo seguir con esta dualidad de mi persona. No puedo venirme abajo. Esto sólo ha sido una pequeña aventura de una noche pero no puedo dejar de pensar en lo bien que me sentí al día siguiente. Llena de energía, atractiva, en plena ebullición. Necesito una temporada seguir así... No sé si es bueno o malo... No lo sé...
En cuanto a mis planes de verano, se han solucionado. Finalmente, me pongo a trabajar allí este viernes. Fran, el hermano de Anabel, trabaja allí y necesita vacaciones. Lo sustituyo y de propina consigo 350 euros, que no me vienen nada mal.
jueves, 3 de julio de 2008
PRIMERA CITA (parte II)
Por supuesto, fuimos a su tienda.
Después de insistirle en que lo hiciésemos en el mostrador, me dejé convencer de que el probador era la opción más coherente.
- Estás loca- gimió él- ¿Quieres que me echen del trabajo?
Pero no paró ni su lengua ni sus manos. Cuando quise darme cuenta, ya me estaba corriendo, sujetándome a las cortinas del cambiador. Si tengo que ser sincera, mi dependiente no es nada espectacular en el extraño deporte del sexo pero la situación se encargó de todo lo demás.
No quedamos en volver a vernos; me parece mejor. Pero, antes de irme, me retuvo:
- Tengo una pregunta, ¿por qué no traías nada de lo que te compraste aquí?
Me reí en su cara. Siempre me ha gustado desconcertar.
- Si no, no te hubiera sorprendido.
- Estás muy loca. Y eso me pone mucho. - me quedé callada. No estoy dispuesta a segundas citas, al menos por ahora. - Ya sabes dónde estoy.
- Quizás cuando necesite lencería nueva.
Me fui de allí, no sin antes sonreirle y robar discretamente un tanga rojo. Un nuevo detalle se ha incorporado a mi segunda vida: voy a coleccionar un recuerdo de cada uno de mis amantes.
Después de insistirle en que lo hiciésemos en el mostrador, me dejé convencer de que el probador era la opción más coherente.
- Estás loca- gimió él- ¿Quieres que me echen del trabajo?
Pero no paró ni su lengua ni sus manos. Cuando quise darme cuenta, ya me estaba corriendo, sujetándome a las cortinas del cambiador. Si tengo que ser sincera, mi dependiente no es nada espectacular en el extraño deporte del sexo pero la situación se encargó de todo lo demás.
No quedamos en volver a vernos; me parece mejor. Pero, antes de irme, me retuvo:
- Tengo una pregunta, ¿por qué no traías nada de lo que te compraste aquí?
Me reí en su cara. Siempre me ha gustado desconcertar.
- Si no, no te hubiera sorprendido.
- Estás muy loca. Y eso me pone mucho. - me quedé callada. No estoy dispuesta a segundas citas, al menos por ahora. - Ya sabes dónde estoy.
- Quizás cuando necesite lencería nueva.
Me fui de allí, no sin antes sonreirle y robar discretamente un tanga rojo. Un nuevo detalle se ha incorporado a mi segunda vida: voy a coleccionar un recuerdo de cada uno de mis amantes.
domingo, 29 de junio de 2008
PRIMERA CITA (parte I)
Queridos cómplices:
La noche fue… extraña. No podía ser de otra forma.
La cita parecía salida de típica serie americana. Para mí, ir a aquel lugar me resultaba extraño. Estoy acostumbrada a cenas en el Mc Donald´s, no a camareros trajeados ni ropero.
Me estaba esperando en la puerta. Sentí el impulso de echar a correr en dirección contraria pero los tacones no suelen ser buenos amigos para huidas precipitadas. No me quedaba otra así que dejé que se acercara a mí.
Dos besos. Encantada, soy Mía. Yo, Alberto.
Pedí lo mismo que él (estaba demasiado preocupada por lo que pudiera dejar ver mi escote como para decidir) y mantuvimos una larga conversación estúpida sobre ¡como no! la Eurocopa y trivialidades por el estilo.
Al llegar a los postres, el vino a mí ya se me había subido a la cabeza y las manos del dependiente también subían, escalando mis rodillas.
Acabamos borrachos, comiéndonos la boca y metiéndonos mano por las callejuelas cercanas a la Plaza Mayor.
Me pidió que fuera a su casa o que le llevase a la mía. Por un pequeño instante, pensé en Ángel pero cuando Alberto empezó a lamerme el cuello, hizo que olvidase cualquier cosa que no fuese las ganas que tenía de que me follase. Y, como caprichosa que soy, se me ocurrió una fantasía que llevar a cabo.
Lo empujé en un portal. Metí mi mano por dentro de sus pantalones (tenía que conseguir que accediera) y le susurré: “Llévame a tu tienda”
La noche fue… extraña. No podía ser de otra forma.
La cita parecía salida de típica serie americana. Para mí, ir a aquel lugar me resultaba extraño. Estoy acostumbrada a cenas en el Mc Donald´s, no a camareros trajeados ni ropero.
Me estaba esperando en la puerta. Sentí el impulso de echar a correr en dirección contraria pero los tacones no suelen ser buenos amigos para huidas precipitadas. No me quedaba otra así que dejé que se acercara a mí.
Dos besos. Encantada, soy Mía. Yo, Alberto.
Pedí lo mismo que él (estaba demasiado preocupada por lo que pudiera dejar ver mi escote como para decidir) y mantuvimos una larga conversación estúpida sobre ¡como no! la Eurocopa y trivialidades por el estilo.
Al llegar a los postres, el vino a mí ya se me había subido a la cabeza y las manos del dependiente también subían, escalando mis rodillas.
Acabamos borrachos, comiéndonos la boca y metiéndonos mano por las callejuelas cercanas a la Plaza Mayor.
Me pidió que fuera a su casa o que le llevase a la mía. Por un pequeño instante, pensé en Ángel pero cuando Alberto empezó a lamerme el cuello, hizo que olvidase cualquier cosa que no fuese las ganas que tenía de que me follase. Y, como caprichosa que soy, se me ocurrió una fantasía que llevar a cabo.
Lo empujé en un portal. Metí mi mano por dentro de sus pantalones (tenía que conseguir que accediera) y le susurré: “Llévame a tu tienda”
sábado, 28 de junio de 2008
A POCAS HORAS DE UNA CITA
Queridos cómplices:
Después de un par de días de dudas y ridículas fantasías, me decidí a llamar. En el último instante, me pudo la vergüenza y me decidí por un sms.
Tres mensajes y una visita a casa de mis vecinas más tarde, hemos quedado.
Esta noche, a las diez, en un restaurante caro del que nunca he oído hablar, me encontraré con el atrevido dependiente (y esperemos que invite).
No sé si estoy nerviosa o no. Quizás, simplemente, como Anabel no para de asegurar, me he vuelto completamente loca.
Después de un par de días de dudas y ridículas fantasías, me decidí a llamar. En el último instante, me pudo la vergüenza y me decidí por un sms.
Tres mensajes y una visita a casa de mis vecinas más tarde, hemos quedado.
Esta noche, a las diez, en un restaurante caro del que nunca he oído hablar, me encontraré con el atrevido dependiente (y esperemos que invite).
No sé si estoy nerviosa o no. Quizás, simplemente, como Anabel no para de asegurar, me he vuelto completamente loca.
miércoles, 25 de junio de 2008
Lencería
Queridos cómplices:
Esta mañana, después de haberme pasado hasta medianoche escuchando de boca de Anabel el mal ejemplo que soy para todas las mujeres del planeta, hice mi último examen.
Para celebrarlo, decidí dar algún pasito más en mi conversión a la nueva Mia. Pensé en teñirme el pelo, en hacerme un piercing o incluso un tatuaje. Lo deseché por completo. Finalmente, la idea de renovar mi armario me pareció más acertada. Y como mi abuela me decía de pequeña, siempre hay que llevar la ropa interior a punto por si hay una emergencia (creo que podía referirse al médico y no a un encuentro casual pero, aún así, nunca hay que olvidar los consejos de los mayores). Así que, decidí innovar mi lencería.Entré en la tienda algo cortada (siempre he odiado las mercerías y las farmacias), rezando para que no me tocase ninguno de los dos tipos de dependientes que deberían prohibir en estos comercios: los hombres y las mujeres cotillas. No hubo suerte y un sonriente treinteañero trajeado exhibia sus encantos detrás de la caja.
Supongo que la técnica del dueño/a al contratarlo era que toda fémina se viera obligada a comprar un conjunto, bien por la fantasía de usarla con él, bien porque sencillamente perdía las bragas al verlo.
Decidí ignorarle con el típico: "Estoy mirando" y, olvidando mi reducida economía, me encapriché de dos modelos. Uno, negro con puntillas rosas. El segundo, blanco y transparente, de tres piezas. Ambos tan sexys y provocativos que me parecía turbador ponérmelos. ¡Perfecto entonces para la nueva Mía! Me dirigí al probador.
- ¿Quieres que te ayude en las tallas?
- No, creo que son las mías.
- El blanco talla mucho. Coge una 85.
- Llevo la 90, gracias.
Me ofendí con su apreciación. Que tengo poco pecho no es ningún misterio pero no es algo que te guste que un tío engominado te espete con su mejor sonrisa. Sin embargo, tuve que tragarme el orgullo y, tras probarme, pedirle la talla 85.
Me dirigí a la caja. Él se empeñó en envolvérmelo para regalo y en comentarme el buen gusto que tenía. Pagué con tarjeta, crucé los dedos para que mis cálculos mentales no fallaran y mi cuenta bancaria sobreviviese al atraco a mano armada. Al hacerme firmar, me prometí que trabajaría en verano. Por fín, me entregó mis adquisiciones con una bolsa con un lacito (tan cursi que daba vergüenza ir con ella por la calle) y metí el ticket en ella.
Cuando llegué a mi apartamento, tiré la bolsa encima de la cama y dí un largo paseo con Jacinto, haciendo caso a sus insistentes ladridos.
Volvimos pronto, Ángel, mi novio iba a cenar conmigo y quería antes enseñarles mis compras a mis vecinas. Así, además, conseguiría que Anabel se contentase un poco con Estrella y conmigo (Anabel es gran admiradora de las prendas de ropa interior). Como no quería que me llamaran inconsciente, decidí cortar las etiquetas y que no supieran el precio. Al hacerlo, el ticket se cayó al suelo. Lo recogí y tragué saliva. Detrás, había escrito un número de un teléfono móvil.
¿Sería del apuesto vendedor? Supuse que sí. ¿Era una broma? ¿ Lo hacía con todas las chicas que entraban en la tienda? Sólo había una forma de saberlo...
Me mordí el dedo pulgar (siempre lo hago cuando estoy nerviosa). Cogí mi móvil del bolso y guardé el número. Rompí el ticket y me quedé mirando la pantalla... ¿Llamo o no?
Supongo que la técnica del dueño/a al contratarlo era que toda fémina se viera obligada a comprar un conjunto, bien por la fantasía de usarla con él, bien porque sencillamente perdía las bragas al verlo.
Decidí ignorarle con el típico: "Estoy mirando" y, olvidando mi reducida economía, me encapriché de dos modelos. Uno, negro con puntillas rosas. El segundo, blanco y transparente, de tres piezas. Ambos tan sexys y provocativos que me parecía turbador ponérmelos. ¡Perfecto entonces para la nueva Mía! Me dirigí al probador.
- ¿Quieres que te ayude en las tallas?
- No, creo que son las mías.
- El blanco talla mucho. Coge una 85.
- Llevo la 90, gracias.
Me ofendí con su apreciación. Que tengo poco pecho no es ningún misterio pero no es algo que te guste que un tío engominado te espete con su mejor sonrisa. Sin embargo, tuve que tragarme el orgullo y, tras probarme, pedirle la talla 85.
Me dirigí a la caja. Él se empeñó en envolvérmelo para regalo y en comentarme el buen gusto que tenía. Pagué con tarjeta, crucé los dedos para que mis cálculos mentales no fallaran y mi cuenta bancaria sobreviviese al atraco a mano armada. Al hacerme firmar, me prometí que trabajaría en verano. Por fín, me entregó mis adquisiciones con una bolsa con un lacito (tan cursi que daba vergüenza ir con ella por la calle) y metí el ticket en ella.
Cuando llegué a mi apartamento, tiré la bolsa encima de la cama y dí un largo paseo con Jacinto, haciendo caso a sus insistentes ladridos.
Volvimos pronto, Ángel, mi novio iba a cenar conmigo y quería antes enseñarles mis compras a mis vecinas. Así, además, conseguiría que Anabel se contentase un poco con Estrella y conmigo (Anabel es gran admiradora de las prendas de ropa interior). Como no quería que me llamaran inconsciente, decidí cortar las etiquetas y que no supieran el precio. Al hacerlo, el ticket se cayó al suelo. Lo recogí y tragué saliva. Detrás, había escrito un número de un teléfono móvil.
¿Sería del apuesto vendedor? Supuse que sí. ¿Era una broma? ¿ Lo hacía con todas las chicas que entraban en la tienda? Sólo había una forma de saberlo...
Me mordí el dedo pulgar (siempre lo hago cuando estoy nerviosa). Cogí mi móvil del bolso y guardé el número. Rompí el ticket y me quedé mirando la pantalla... ¿Llamo o no?
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