miércoles, 25 de junio de 2008

Lencería

Queridos cómplices:


Esta mañana, después de haberme pasado hasta medianoche escuchando de boca de Anabel el mal ejemplo que soy para todas las mujeres del planeta, hice mi último examen.
Para celebrarlo, decidí dar algún pasito más en mi conversión a la nueva Mia. Pensé en teñirme el pelo, en hacerme un piercing o incluso un tatuaje. Lo deseché por completo. Finalmente, la idea de renovar mi armario me pareció más acertada. Y como mi abuela me decía de pequeña, siempre hay que llevar la ropa interior a punto por si hay una emergencia (creo que podía referirse al médico y no a un encuentro casual pero, aún así, nunca hay que olvidar los consejos de los mayores). Así que, decidí innovar mi lencería.
Entré en la tienda algo cortada (siempre he odiado las mercerías y las farmacias), rezando para que no me tocase ninguno de los dos tipos de dependientes que deberían prohibir en estos comercios: los hombres y las mujeres cotillas. No hubo suerte y un sonriente treinteañero trajeado exhibia sus encantos detrás de la caja.
Supongo que la técnica del dueño/a al contratarlo era que toda fémina se viera obligada a comprar un conjunto, bien por la fantasía de usarla con él, bien porque sencillamente perdía las bragas al verlo.
Decidí ignorarle con el típico: "Estoy mirando" y, olvidando mi reducida economía, me encapriché de dos modelos. Uno, negro con puntillas rosas. El segundo, blanco y transparente, de tres piezas. Ambos tan sexys y provocativos que me parecía turbador ponérmelos. ¡Perfecto entonces para la nueva Mía! Me dirigí al probador.
- ¿Quieres que te ayude en las tallas?
- No, creo que son las mías.
- El blanco talla mucho. Coge una 85.
- Llevo la 90, gracias.
Me ofendí con su apreciación. Que tengo poco pecho no es ningún misterio pero no es algo que te guste que un tío engominado te espete con su mejor sonrisa. Sin embargo, tuve que tragarme el orgullo y, tras probarme, pedirle la talla 85.
Me dirigí a la caja. Él se empeñó en envolvérmelo para regalo y en comentarme el buen gusto que tenía. Pagué con tarjeta, crucé los dedos para que mis cálculos mentales no fallaran y mi cuenta bancaria sobreviviese al atraco a mano armada. Al hacerme firmar, me prometí que trabajaría en verano. Por fín, me entregó mis adquisiciones con una bolsa con un lacito (tan cursi que daba vergüenza ir con ella por la calle) y metí el ticket en ella.
Cuando llegué a mi apartamento, tiré la bolsa encima de la cama y dí un largo paseo con Jacinto, haciendo caso a sus insistentes ladridos.
Volvimos pronto, Ángel, mi novio iba a cenar conmigo y quería antes enseñarles mis compras a mis vecinas. Así, además, conseguiría que Anabel se contentase un poco con Estrella y conmigo (Anabel es gran admiradora de las prendas de ropa interior). Como no quería que me llamaran inconsciente, decidí cortar las etiquetas y que no supieran el precio. Al hacerlo, el ticket se cayó al suelo. Lo recogí y tragué saliva. Detrás, había escrito un número de un teléfono móvil.
¿Sería del apuesto vendedor? Supuse que sí. ¿Era una broma? ¿ Lo hacía con todas las chicas que entraban en la tienda? Sólo había una forma de saberlo...
Me mordí el dedo pulgar (siempre lo hago cuando estoy nerviosa). Cogí mi móvil del bolso y guardé el número. Rompí el ticket y me quedé mirando la pantalla... ¿Llamo o no?

6 comentarios:

Hyku dijo...

Hola, soy el vecino del cuñado de un amigo del dependiente de la tienda de lencería. El pobre hombre que está en un sinvivir y que no le quedan uñas, hormonas, sí, al parecer.
Mujer, llama aunque sea con el número oculto y no te hagas pasar por su hermana, que eso ya lo hizo otra y casi le dio un patatús...del resto ninguna le llama nunca, sé la excepción...

:-P

Belén dijo...

Mujer, llama llama... no querías doble vida?

Pues eso ;)

Besicos

Manu Espada dijo...

¿Qué interesante? ¿Y llamaste? Aunque un tío con ese trabajo te haría siempre el mismo regalo, quizá merezca la pena, o no... Llama.

Vintage dijo...

Llama, las bragas siempre las tendrás gratis.

Muakkkkkkkkkkkkk

Pain dijo...

Por todos los cielos... ¡llama!. No se desatiende una tentación, el chocolate se inventó para comerse y los teléfonos para llamar :)

Adúlter dijo...

Tachán...
(esto es un buen comienzo)