Queridos cómplices:
La noche fue… extraña. No podía ser de otra forma.
La cita parecía salida de típica serie americana. Para mí, ir a aquel lugar me resultaba extraño. Estoy acostumbrada a cenas en el Mc Donald´s, no a camareros trajeados ni ropero.
Me estaba esperando en la puerta. Sentí el impulso de echar a correr en dirección contraria pero los tacones no suelen ser buenos amigos para huidas precipitadas. No me quedaba otra así que dejé que se acercara a mí.
Dos besos. Encantada, soy Mía. Yo, Alberto.
Pedí lo mismo que él (estaba demasiado preocupada por lo que pudiera dejar ver mi escote como para decidir) y mantuvimos una larga conversación estúpida sobre ¡como no! la Eurocopa y trivialidades por el estilo.
Al llegar a los postres, el vino a mí ya se me había subido a la cabeza y las manos del dependiente también subían, escalando mis rodillas.
Acabamos borrachos, comiéndonos la boca y metiéndonos mano por las callejuelas cercanas a la Plaza Mayor.
Me pidió que fuera a su casa o que le llevase a la mía. Por un pequeño instante, pensé en Ángel pero cuando Alberto empezó a lamerme el cuello, hizo que olvidase cualquier cosa que no fuese las ganas que tenía de que me follase. Y, como caprichosa que soy, se me ocurrió una fantasía que llevar a cabo.
Lo empujé en un portal. Metí mi mano por dentro de sus pantalones (tenía que conseguir que accediera) y le susurré: “Llévame a tu tienda”
domingo, 29 de junio de 2008
sábado, 28 de junio de 2008
A POCAS HORAS DE UNA CITA
Queridos cómplices:
Después de un par de días de dudas y ridículas fantasías, me decidí a llamar. En el último instante, me pudo la vergüenza y me decidí por un sms.
Tres mensajes y una visita a casa de mis vecinas más tarde, hemos quedado.
Esta noche, a las diez, en un restaurante caro del que nunca he oído hablar, me encontraré con el atrevido dependiente (y esperemos que invite).
No sé si estoy nerviosa o no. Quizás, simplemente, como Anabel no para de asegurar, me he vuelto completamente loca.
Después de un par de días de dudas y ridículas fantasías, me decidí a llamar. En el último instante, me pudo la vergüenza y me decidí por un sms.
Tres mensajes y una visita a casa de mis vecinas más tarde, hemos quedado.
Esta noche, a las diez, en un restaurante caro del que nunca he oído hablar, me encontraré con el atrevido dependiente (y esperemos que invite).
No sé si estoy nerviosa o no. Quizás, simplemente, como Anabel no para de asegurar, me he vuelto completamente loca.
miércoles, 25 de junio de 2008
Lencería
Queridos cómplices:
Esta mañana, después de haberme pasado hasta medianoche escuchando de boca de Anabel el mal ejemplo que soy para todas las mujeres del planeta, hice mi último examen.
Para celebrarlo, decidí dar algún pasito más en mi conversión a la nueva Mia. Pensé en teñirme el pelo, en hacerme un piercing o incluso un tatuaje. Lo deseché por completo. Finalmente, la idea de renovar mi armario me pareció más acertada. Y como mi abuela me decía de pequeña, siempre hay que llevar la ropa interior a punto por si hay una emergencia (creo que podía referirse al médico y no a un encuentro casual pero, aún así, nunca hay que olvidar los consejos de los mayores). Así que, decidí innovar mi lencería.Entré en la tienda algo cortada (siempre he odiado las mercerías y las farmacias), rezando para que no me tocase ninguno de los dos tipos de dependientes que deberían prohibir en estos comercios: los hombres y las mujeres cotillas. No hubo suerte y un sonriente treinteañero trajeado exhibia sus encantos detrás de la caja.
Supongo que la técnica del dueño/a al contratarlo era que toda fémina se viera obligada a comprar un conjunto, bien por la fantasía de usarla con él, bien porque sencillamente perdía las bragas al verlo.
Decidí ignorarle con el típico: "Estoy mirando" y, olvidando mi reducida economía, me encapriché de dos modelos. Uno, negro con puntillas rosas. El segundo, blanco y transparente, de tres piezas. Ambos tan sexys y provocativos que me parecía turbador ponérmelos. ¡Perfecto entonces para la nueva Mía! Me dirigí al probador.
- ¿Quieres que te ayude en las tallas?
- No, creo que son las mías.
- El blanco talla mucho. Coge una 85.
- Llevo la 90, gracias.
Me ofendí con su apreciación. Que tengo poco pecho no es ningún misterio pero no es algo que te guste que un tío engominado te espete con su mejor sonrisa. Sin embargo, tuve que tragarme el orgullo y, tras probarme, pedirle la talla 85.
Me dirigí a la caja. Él se empeñó en envolvérmelo para regalo y en comentarme el buen gusto que tenía. Pagué con tarjeta, crucé los dedos para que mis cálculos mentales no fallaran y mi cuenta bancaria sobreviviese al atraco a mano armada. Al hacerme firmar, me prometí que trabajaría en verano. Por fín, me entregó mis adquisiciones con una bolsa con un lacito (tan cursi que daba vergüenza ir con ella por la calle) y metí el ticket en ella.
Cuando llegué a mi apartamento, tiré la bolsa encima de la cama y dí un largo paseo con Jacinto, haciendo caso a sus insistentes ladridos.
Volvimos pronto, Ángel, mi novio iba a cenar conmigo y quería antes enseñarles mis compras a mis vecinas. Así, además, conseguiría que Anabel se contentase un poco con Estrella y conmigo (Anabel es gran admiradora de las prendas de ropa interior). Como no quería que me llamaran inconsciente, decidí cortar las etiquetas y que no supieran el precio. Al hacerlo, el ticket se cayó al suelo. Lo recogí y tragué saliva. Detrás, había escrito un número de un teléfono móvil.
¿Sería del apuesto vendedor? Supuse que sí. ¿Era una broma? ¿ Lo hacía con todas las chicas que entraban en la tienda? Sólo había una forma de saberlo...
Me mordí el dedo pulgar (siempre lo hago cuando estoy nerviosa). Cogí mi móvil del bolso y guardé el número. Rompí el ticket y me quedé mirando la pantalla... ¿Llamo o no?
Supongo que la técnica del dueño/a al contratarlo era que toda fémina se viera obligada a comprar un conjunto, bien por la fantasía de usarla con él, bien porque sencillamente perdía las bragas al verlo.
Decidí ignorarle con el típico: "Estoy mirando" y, olvidando mi reducida economía, me encapriché de dos modelos. Uno, negro con puntillas rosas. El segundo, blanco y transparente, de tres piezas. Ambos tan sexys y provocativos que me parecía turbador ponérmelos. ¡Perfecto entonces para la nueva Mía! Me dirigí al probador.
- ¿Quieres que te ayude en las tallas?
- No, creo que son las mías.
- El blanco talla mucho. Coge una 85.
- Llevo la 90, gracias.
Me ofendí con su apreciación. Que tengo poco pecho no es ningún misterio pero no es algo que te guste que un tío engominado te espete con su mejor sonrisa. Sin embargo, tuve que tragarme el orgullo y, tras probarme, pedirle la talla 85.
Me dirigí a la caja. Él se empeñó en envolvérmelo para regalo y en comentarme el buen gusto que tenía. Pagué con tarjeta, crucé los dedos para que mis cálculos mentales no fallaran y mi cuenta bancaria sobreviviese al atraco a mano armada. Al hacerme firmar, me prometí que trabajaría en verano. Por fín, me entregó mis adquisiciones con una bolsa con un lacito (tan cursi que daba vergüenza ir con ella por la calle) y metí el ticket en ella.
Cuando llegué a mi apartamento, tiré la bolsa encima de la cama y dí un largo paseo con Jacinto, haciendo caso a sus insistentes ladridos.
Volvimos pronto, Ángel, mi novio iba a cenar conmigo y quería antes enseñarles mis compras a mis vecinas. Así, además, conseguiría que Anabel se contentase un poco con Estrella y conmigo (Anabel es gran admiradora de las prendas de ropa interior). Como no quería que me llamaran inconsciente, decidí cortar las etiquetas y que no supieran el precio. Al hacerlo, el ticket se cayó al suelo. Lo recogí y tragué saliva. Detrás, había escrito un número de un teléfono móvil.
¿Sería del apuesto vendedor? Supuse que sí. ¿Era una broma? ¿ Lo hacía con todas las chicas que entraban en la tienda? Sólo había una forma de saberlo...
Me mordí el dedo pulgar (siempre lo hago cuando estoy nerviosa). Cogí mi móvil del bolso y guardé el número. Rompí el ticket y me quedé mirando la pantalla... ¿Llamo o no?
martes, 24 de junio de 2008
Una gran decisión
Queridos cómplices:
Hoy me levanté con una certeza. Yo, Mia, una universitaria de casi 21 años iba a dar un giro a su vida.
Estoy cansada de días parecidos que caen en el olvido, que no llegan a ningún sitio. Me agobia la misma compañía entre mis sábanas y la horrible seguridad de que mañana será igual.
Necesito vivir, comerme el mundo y las bocas y eso haré.
Inquietada por mi repentina decisión, salí en camisón de mi pequeño apartamento de dos habitaciones en el que sólo vivo yo y me avalancé sobre el timbre de mis vecinas del A. Me abrió Estrella, medio dormida.
Diez minutos y un café más tarde, mi amiga sabía todo sobre la nueva Mia. Acostumbrada a mis excentricidades, se limitó a encender su primer cigarrillo de la mañana y a preguntar:
- ¿Y qué vas a hacer con Ángel?
Ángel es mi novio actual y su nombre lo dice todo de él. Es demasiado cielo. Y eso está bien en un principio pero que te traten como una reina durante casi dos años acaba por hacerte desear escapar de tu castillo.
- No tiene porqué enterarse
- ¿Me estás diciendo que piensas mantener una doble vida?- sacudió sus largos rizos caoba.
- Algo así. Además, si no lo hago, creo que lo nuestro no puede seguir. Necesito algo nuevo. A él lo quiero...
- Estás loca y eres una zorra - me interrumpió
- Y tú también. Y lo sabes- reímos las dos.
- ¿Vas a decírselo a Anabel?
Sabía que tenía que hacerlo y a lo que me arriesgaba.
Estrella es enérgica, impulsiva y muy emotiva. Piensa las cosas cuando ya las ha hecho lo que la convierte en una especie de chica fugaz que no puede evitar que muchos la deseen y piensen demasiado en ella, buscando algo que nunca conseguirán. Estrella no está hecha para parejas.
Sin embargo, Anabel es su opuesto. Al menos, aparentemente. Dulce hasta llegar a lo cursi, romántica, sensible... y tremendamente caprichosa. Cree estar en la posesión de la justicia y no deja de dar consejos cargados de su moral intachable. Moral que, por cierto, ella se encarga de adaptar a sus errores, llegando a ser algo hipócrita. Sin embargo, de eso nunca puede hablarse.
- Me va a dar el coñazo. Cuéntaselo tú- le rogué.
Supe que, en cuanto mi otra vecina lo supiese, no tardaría en venir a gritarme. No me equivoqué. Cuando ataba la correa de mi único compañero de piso, un chucho castrado llamado Jacinto , para darle su paseo nocturno. Anabel, recién enterada de la noticia, golpeaba mi puerta,voceando mi nombre.
Hoy me levanté con una certeza. Yo, Mia, una universitaria de casi 21 años iba a dar un giro a su vida.
Estoy cansada de días parecidos que caen en el olvido, que no llegan a ningún sitio. Me agobia la misma compañía entre mis sábanas y la horrible seguridad de que mañana será igual.
Necesito vivir, comerme el mundo y las bocas y eso haré.
Inquietada por mi repentina decisión, salí en camisón de mi pequeño apartamento de dos habitaciones en el que sólo vivo yo y me avalancé sobre el timbre de mis vecinas del A. Me abrió Estrella, medio dormida.
Diez minutos y un café más tarde, mi amiga sabía todo sobre la nueva Mia. Acostumbrada a mis excentricidades, se limitó a encender su primer cigarrillo de la mañana y a preguntar:
- ¿Y qué vas a hacer con Ángel?
Ángel es mi novio actual y su nombre lo dice todo de él. Es demasiado cielo. Y eso está bien en un principio pero que te traten como una reina durante casi dos años acaba por hacerte desear escapar de tu castillo.
- No tiene porqué enterarse
- ¿Me estás diciendo que piensas mantener una doble vida?- sacudió sus largos rizos caoba.
- Algo así. Además, si no lo hago, creo que lo nuestro no puede seguir. Necesito algo nuevo. A él lo quiero...
- Estás loca y eres una zorra - me interrumpió
- Y tú también. Y lo sabes- reímos las dos.
- ¿Vas a decírselo a Anabel?
Sabía que tenía que hacerlo y a lo que me arriesgaba.
Estrella es enérgica, impulsiva y muy emotiva. Piensa las cosas cuando ya las ha hecho lo que la convierte en una especie de chica fugaz que no puede evitar que muchos la deseen y piensen demasiado en ella, buscando algo que nunca conseguirán. Estrella no está hecha para parejas.
Sin embargo, Anabel es su opuesto. Al menos, aparentemente. Dulce hasta llegar a lo cursi, romántica, sensible... y tremendamente caprichosa. Cree estar en la posesión de la justicia y no deja de dar consejos cargados de su moral intachable. Moral que, por cierto, ella se encarga de adaptar a sus errores, llegando a ser algo hipócrita. Sin embargo, de eso nunca puede hablarse.
- Me va a dar el coñazo. Cuéntaselo tú- le rogué.
Supe que, en cuanto mi otra vecina lo supiese, no tardaría en venir a gritarme. No me equivoqué. Cuando ataba la correa de mi único compañero de piso, un chucho castrado llamado Jacinto , para darle su paseo nocturno. Anabel, recién enterada de la noticia, golpeaba mi puerta,voceando mi nombre.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
