Queridos cómplices:
Me ha llegado un email de una chica que me preguntaba si Mia tiene un trastorno de la alimentación.
No sabía que hay redes de chicas bulímicas y anoréxicas por Internet que llaman Mia y Ana a sus enfermedades y se dan consejos para adelgazar más.
Estoy totalmente en contra de la anorexia y la bulimia y, es más, creo que hay que luchar contra ellas. Este blog no es ningún tipo de apología a estos problemas.
Y Mía no es bulímica. Su nombre es un apodo como cualquier otro. Viene de María abreviado.
Muchas gracias por leer esto pero me preocupaba mucho que alguien hubiera podido pensarlo.
jueves, 18 de junio de 2009
lunes, 20 de abril de 2009
Reencuentro (parte II)
Queridos cómplices:
Mis recuerdos iban a la par de mis sentidos: totalmente locos, llenos de fuerza, ansiosos... Ya no pensaba en todo el daño que Mario me había podido hacer con su marcha sino en todo lo bueno, en toda la energía que había aportado a mi vida, sedienta de emociones (y de buenos polvos).
Conocí a Mario en el festival celta de Ortigueira (Galicia). Para quien no lo sepa, tiene lugar en julio y dura cuatro días. Se acampa al lado de la playa y todo está plagado de hippies, muchas drogas y puestos (http://www.festivaldeortigueira.com/).
Ese año, llovió como nunca. Yo había ido con los amigos de mi hermano Fer y la novia de uno de ellos. Estábamos repartidos en dos tiendas. Por ese entonces, aún era la hermana del Fer y, por lo tanto, intocable.
Acampados a nuestro lado, estaba un grupillo de chicos que, casualmente, resultaron ser de la ciudad dónde yo, al año siguiente, iba a ir a estudiar y dónde ya estaba mi hermano y alguno de sus amigos. Hablábamos y habían hecho muy buenas migas con el grupillo con el que yo iba debido, supongo, a su amor por la marihuana.
Si soy sincera, me había fijado mucho más en un colega de Mario. Estaba tan bueno como él y me daba mucho menos miedo. Por ese entonces, yo era bastante tímida y un chico tan extrovertido, seductor y semiperfecto como Mario me intimidaba mucho.
Como ya había dicho, llovió muchísimo y, el penúltimo día, calló una tromba enorme de agua. La tienda de al lado acabó totalmente derrumbada e inundada. Como en todos los festivales, la solidaridad es algo común. Los amigos de mi hermano les ofrecieron que durmieran con nosotros y que estuvieran en nuestras tiendas hasta que quisieran. Pasamos el resto del festival juntos.
Esa noche se suspendieron los conciertos y todos, menos la pareja conocida de mi amigo, se metieron en mi tienda. Imaginaos cerca de diez en una de cinco, fumando porros como unos carreteros. Yo no fumé pues nunca he sido mucho de ello y, además, era la protegida y la castración de cualquiera que me ofreciese estaba en juego.
El chico que a mi me gustaba me ignoraba bastante frente a cualquier intento de seducción por mi parte (luego ha resultado ser homosexual y su nombre es Fran, el hermano de Anabel, mi vecina) pero Mario empezó a bailarme el agua de forma exagerada. Y me dejé caer. La verdad es que, supongo influida por la burbuja de maruja en la que estaba, se me estaba quitando el miedo y me resultaba, además de atractivo fisicamente, una persona muy interesante. Tenía todo lo que yo creía buscar en un chico: ganas de comerse el mundo, una forma increible de hablar de todo y fascinarme, rebelde, intelectual pero sin llegar a pedante, solidario... Se las había arreglado para colocarse a mi lado y me hablaba muy cerca del oído; yo estaba mareadisima y me apoyaba en su hombro, sin dejar de estar pendiente de cada movimiento.
Me atrapaba y lo sabía pero ¿por qué no? Mi hermano se estaba haciendo cruces porque, mejor que yo, sospechaba que iba a pasar. Me seguía hablando y yo le miré a los labios, el resultado era hipnótico... Quería besarle con todas mis fuerzas, toda mi líbido y toda mi alma. Y eso hice y delante de Fer. Pensé que iba a matarme. Luego me ha confesado que a punto estuvo. Nunca me había visto liarme con nadie y esa fue la primera vez, delante de él y tan cerca que podía tocarme. Mario me respondió al gesto algo sorprendido (llevaba un rato insistiendo en dar una vuelta para que se me pasase el mareo ya que había escampado). Joder, encima besaba de vicio. Perfecto. ¿Por qué nadie me dio una cuchilla? Porque iba camino de un buen suicidio emocional.
Y accedí a dar ese paseo. Antes, Fer paró al chico y le dijo algo al oído. Supongo que amenazarle de muerte si se enteraba que se había pasado de la raya.
Fuimos a la playa. Él se sentó en una roca y me pidió que hiciese lo mismo en sus rodillas (para no mojarme). Nos besamos ya sin tapujos.
Recibí un sms de mi hermano: "Te doy dos horas. A las cuatro te quiero en la tienda y dame alguna perdida para saber que estas bien. No hagas tonterías, coño que eres mi hermana." La verdad es que se portó bien. No cayó en la sobreprotección y me ha guardado el secreto hasta hoy. Se la estaba jugando. Si mis padres se enteraban, se nos caería el pelo.
Nunca se me había acelerado el pulso tanto con otra boca. Durante dos años y medio he estado recordando los primeros roces de su lengua contra la mía.
Nos estuvimos liando bastante rato (calculo que una hora). Mario no sabía que paso dar y cual no. Al fin y al cabo, era algo mayor que yo y parece ser que le había caído demasiado bien como para estropear aquella "situación" (que él luego me explicaría como una movida de aureas impresionante).
Pero a mis diecisiete (dieciocho en un mes) fui yo quien tomé la iniciativa:
- Quiero que me folles - le susurré al oído.
- ¿Qué? - aquello le pilló de imprevisto, tanto el lenguaje como las intenciones.
- Que quiero hacerlo contigo.
Pero había algo que él nó sabía, que yo era virgen y no estaba dispuesta a decírselo. Lo había intentado una vez con mi exnovio y no había salido bien. Masturbación, sexo oral... sí... pero nunca me habían penetrado.
Y fue allí, contra una roca, lloviznando, cuando decidí que ya había esperado demasiado y que quería todo con aquel casi desconocido. E impaciente como siempre, lo quería en ese momento.
Mis recuerdos iban a la par de mis sentidos: totalmente locos, llenos de fuerza, ansiosos... Ya no pensaba en todo el daño que Mario me había podido hacer con su marcha sino en todo lo bueno, en toda la energía que había aportado a mi vida, sedienta de emociones (y de buenos polvos).
Conocí a Mario en el festival celta de Ortigueira (Galicia). Para quien no lo sepa, tiene lugar en julio y dura cuatro días. Se acampa al lado de la playa y todo está plagado de hippies, muchas drogas y puestos (http://www.festivaldeortigueira.com/).
Ese año, llovió como nunca. Yo había ido con los amigos de mi hermano Fer y la novia de uno de ellos. Estábamos repartidos en dos tiendas. Por ese entonces, aún era la hermana del Fer y, por lo tanto, intocable.
Acampados a nuestro lado, estaba un grupillo de chicos que, casualmente, resultaron ser de la ciudad dónde yo, al año siguiente, iba a ir a estudiar y dónde ya estaba mi hermano y alguno de sus amigos. Hablábamos y habían hecho muy buenas migas con el grupillo con el que yo iba debido, supongo, a su amor por la marihuana.
Si soy sincera, me había fijado mucho más en un colega de Mario. Estaba tan bueno como él y me daba mucho menos miedo. Por ese entonces, yo era bastante tímida y un chico tan extrovertido, seductor y semiperfecto como Mario me intimidaba mucho.
Como ya había dicho, llovió muchísimo y, el penúltimo día, calló una tromba enorme de agua. La tienda de al lado acabó totalmente derrumbada e inundada. Como en todos los festivales, la solidaridad es algo común. Los amigos de mi hermano les ofrecieron que durmieran con nosotros y que estuvieran en nuestras tiendas hasta que quisieran. Pasamos el resto del festival juntos.
Esa noche se suspendieron los conciertos y todos, menos la pareja conocida de mi amigo, se metieron en mi tienda. Imaginaos cerca de diez en una de cinco, fumando porros como unos carreteros. Yo no fumé pues nunca he sido mucho de ello y, además, era la protegida y la castración de cualquiera que me ofreciese estaba en juego.
El chico que a mi me gustaba me ignoraba bastante frente a cualquier intento de seducción por mi parte (luego ha resultado ser homosexual y su nombre es Fran, el hermano de Anabel, mi vecina) pero Mario empezó a bailarme el agua de forma exagerada. Y me dejé caer. La verdad es que, supongo influida por la burbuja de maruja en la que estaba, se me estaba quitando el miedo y me resultaba, además de atractivo fisicamente, una persona muy interesante. Tenía todo lo que yo creía buscar en un chico: ganas de comerse el mundo, una forma increible de hablar de todo y fascinarme, rebelde, intelectual pero sin llegar a pedante, solidario... Se las había arreglado para colocarse a mi lado y me hablaba muy cerca del oído; yo estaba mareadisima y me apoyaba en su hombro, sin dejar de estar pendiente de cada movimiento.
Me atrapaba y lo sabía pero ¿por qué no? Mi hermano se estaba haciendo cruces porque, mejor que yo, sospechaba que iba a pasar. Me seguía hablando y yo le miré a los labios, el resultado era hipnótico... Quería besarle con todas mis fuerzas, toda mi líbido y toda mi alma. Y eso hice y delante de Fer. Pensé que iba a matarme. Luego me ha confesado que a punto estuvo. Nunca me había visto liarme con nadie y esa fue la primera vez, delante de él y tan cerca que podía tocarme. Mario me respondió al gesto algo sorprendido (llevaba un rato insistiendo en dar una vuelta para que se me pasase el mareo ya que había escampado). Joder, encima besaba de vicio. Perfecto. ¿Por qué nadie me dio una cuchilla? Porque iba camino de un buen suicidio emocional.
Y accedí a dar ese paseo. Antes, Fer paró al chico y le dijo algo al oído. Supongo que amenazarle de muerte si se enteraba que se había pasado de la raya.
Fuimos a la playa. Él se sentó en una roca y me pidió que hiciese lo mismo en sus rodillas (para no mojarme). Nos besamos ya sin tapujos.
Recibí un sms de mi hermano: "Te doy dos horas. A las cuatro te quiero en la tienda y dame alguna perdida para saber que estas bien. No hagas tonterías, coño que eres mi hermana." La verdad es que se portó bien. No cayó en la sobreprotección y me ha guardado el secreto hasta hoy. Se la estaba jugando. Si mis padres se enteraban, se nos caería el pelo.
Nunca se me había acelerado el pulso tanto con otra boca. Durante dos años y medio he estado recordando los primeros roces de su lengua contra la mía.
Nos estuvimos liando bastante rato (calculo que una hora). Mario no sabía que paso dar y cual no. Al fin y al cabo, era algo mayor que yo y parece ser que le había caído demasiado bien como para estropear aquella "situación" (que él luego me explicaría como una movida de aureas impresionante).
Pero a mis diecisiete (dieciocho en un mes) fui yo quien tomé la iniciativa:
- Quiero que me folles - le susurré al oído.
- ¿Qué? - aquello le pilló de imprevisto, tanto el lenguaje como las intenciones.
- Que quiero hacerlo contigo.
Pero había algo que él nó sabía, que yo era virgen y no estaba dispuesta a decírselo. Lo había intentado una vez con mi exnovio y no había salido bien. Masturbación, sexo oral... sí... pero nunca me habían penetrado.
Y fue allí, contra una roca, lloviznando, cuando decidí que ya había esperado demasiado y que quería todo con aquel casi desconocido. E impaciente como siempre, lo quería en ese momento.
viernes, 3 de abril de 2009
Reencuentro (parte I)
Queridos cómplices:
Si aún os acordáis de mí, es un milagro. Sin embargo, vuelvo para quedarme, como suele decirse.
Para evitar problemas al recordar los nombres de las personas que aparecen aquí, he hecho un resumen de los principales que aparece abajo a la derecha.
Últimamente, no ha parado de girar el mundo a mi alrededor demasiado deprisa como para poder pararme a escribir y, aunque todo siga igual, he decidido sentarme en medio de todo el caos delante de este portatil.
Estoy bien, nunca he dejado de estarlo. Es sólo que ocurren demasiadas cosas en muy poco tiempo y cuesta asimilar los cambios, los problemas de las personas cercanas y los reencuentros.
Los reencuentros...
Hace quince días me fui con dos de mis amigas de siempre un fin de semana de viaje. Es algo que hacemos todos los años, las tres a una ciudad española para no perder el contacto y seguir haciendo algo en común.
Caminábamos juntas por la calle principal de la ciudad, rumbo a la catedral, cuando escuché una voz a mi espalda:
- ¡Mía! - me giré apresurada. Conocía esa voz demasiado bien pero era casi imposible que su destinatario estuviera a menos de tres metros de mí. Pero aquello, para bien o para mal, no era un sueño: estaba allí.
Mis amigas se miraron, preocupadas, pues sabían lo que significaba. Los fantasmas del pasado siempre aparecen cuando menos te lo esperas y, conmigo, hacen cola para perseguirme.
- Hola Mario - una de ellas reaccionó saludándole y luego se dirigió a mí- Ya vemos la catedral mañana. Vamos a tomar algo. Llamanos cuando vayas a volver al hostal.
Estaba paralizada. No sabía si echarme a reír, a llorar o a correr (opción más acertada, desde luego). Allí estaba el chico capaz de volverme loca que supuestamente estaba viviendo en Amsterdam y no a 100 kilómetros de mi Universidad. Sentí vértigo.
Estaba sentado en el suelo con un perro a su derecha, una pareja de hippies a su izquierda y una guitarra en sus rodillas. Y deduje que estaba viviendo de tocar en la calle... Hacía dos años que no lo veía pero no necesitaba ni que me lo mentase para saberlo; siempre le había gustado esa forma de vida.
Se incorporó con un gesto perfectamente sincronizado y, con el instrumento en la mano, se colocó frente a mí.
- Parece que has visto a un muerto - río bajito a mi oído y me besó en la mejilla derecha, tan suave que fue una caricia fugaz.
Reaccioné y me colgué de un abrazo.
- ¡Pero que haces aquí! ¿Tú no estabas en Holanda?
Dí un paso atrás y lo miré fijamente...¡Dios mío! Estaba tan guapo con esos ojos casi negros y el pelo castaño, largo, lleno de rastas, sujetas en una especie de moño... Me sentía como una niña de quince años que se hubiese encontrado con Brad Pitt en el portal así que decidí actuar. No era plan de haber estado veinticinco meses echando de menos a alguien para quedarme como un pasmarote al verle.
Un cuarto de hora después, estábamos los dos comiendo un helado, tumbados en el césped de un jardincillo cercano.
Mario, mi Mario...Me resumió dos años en pocas frases:
"En Holanda no encontré trabajo así que me fui con unos hippies vendiendo cosas y al final volví a España con estos chicos a tocar. Cambiamos de ciudad con frecuencia. Ya sabes, muchas personas y momentos pero nadie mucho tiempo. "
Yo también le conté que había sido de mi vida, que había cambiado de teléfono (juraba haberme llamado), todo...
- Nunca te olvidé, Miita - me interrumpió y, en ese momento, sacó una fotografía doblada de su pantalón. - ¿Te acuerdas? - La desdoblé y se me escapó una lágrima.
Me maldecí a mí misma, me había prometido no volver a llorar por esa persona y menos delante de él pero la imagen me pudo.
- La llevo desde...
- No lo digas - le pedí, odiando mi manía de coleccionar fotografías de Fotomatón... Entre mis dedos temblorosos, el papel arrugado mostraba por duplicado a una pareja sonriente. Él, de lado, con los ojos cerrados, besando a la chica, que miraba, traviesa a la cámara. Eramos Mario y yo y había estado conservando todo aquel tiempo junto a él.
¿Quería decir eso qué me había querido alguna vez? ¿Qué lo nuestro no fue un pasatiempo para él? ¿Qué esa esperanza que había tratado de olvidar (que cuando se fue estaba enamorado de mí) era real?
Con su mano, me secó la lágríma (que sólo se le ocurrió escurrirse hasta los labios).
Me eché a temblar antes de que me besase.
Y, tendida sobre la hierba, con sus besos recorriéndome labios, mejillas, cuello y conciencia, empecé a recordar.
Si aún os acordáis de mí, es un milagro. Sin embargo, vuelvo para quedarme, como suele decirse.
Para evitar problemas al recordar los nombres de las personas que aparecen aquí, he hecho un resumen de los principales que aparece abajo a la derecha.
Últimamente, no ha parado de girar el mundo a mi alrededor demasiado deprisa como para poder pararme a escribir y, aunque todo siga igual, he decidido sentarme en medio de todo el caos delante de este portatil.
Estoy bien, nunca he dejado de estarlo. Es sólo que ocurren demasiadas cosas en muy poco tiempo y cuesta asimilar los cambios, los problemas de las personas cercanas y los reencuentros.
Los reencuentros...
Hace quince días me fui con dos de mis amigas de siempre un fin de semana de viaje. Es algo que hacemos todos los años, las tres a una ciudad española para no perder el contacto y seguir haciendo algo en común.
Caminábamos juntas por la calle principal de la ciudad, rumbo a la catedral, cuando escuché una voz a mi espalda:
- ¡Mía! - me giré apresurada. Conocía esa voz demasiado bien pero era casi imposible que su destinatario estuviera a menos de tres metros de mí. Pero aquello, para bien o para mal, no era un sueño: estaba allí.
Mis amigas se miraron, preocupadas, pues sabían lo que significaba. Los fantasmas del pasado siempre aparecen cuando menos te lo esperas y, conmigo, hacen cola para perseguirme.
- Hola Mario - una de ellas reaccionó saludándole y luego se dirigió a mí- Ya vemos la catedral mañana. Vamos a tomar algo. Llamanos cuando vayas a volver al hostal.
Estaba paralizada. No sabía si echarme a reír, a llorar o a correr (opción más acertada, desde luego). Allí estaba el chico capaz de volverme loca que supuestamente estaba viviendo en Amsterdam y no a 100 kilómetros de mi Universidad. Sentí vértigo.
Estaba sentado en el suelo con un perro a su derecha, una pareja de hippies a su izquierda y una guitarra en sus rodillas. Y deduje que estaba viviendo de tocar en la calle... Hacía dos años que no lo veía pero no necesitaba ni que me lo mentase para saberlo; siempre le había gustado esa forma de vida.
Se incorporó con un gesto perfectamente sincronizado y, con el instrumento en la mano, se colocó frente a mí.
- Parece que has visto a un muerto - río bajito a mi oído y me besó en la mejilla derecha, tan suave que fue una caricia fugaz.
Reaccioné y me colgué de un abrazo.
- ¡Pero que haces aquí! ¿Tú no estabas en Holanda?
Dí un paso atrás y lo miré fijamente...¡Dios mío! Estaba tan guapo con esos ojos casi negros y el pelo castaño, largo, lleno de rastas, sujetas en una especie de moño... Me sentía como una niña de quince años que se hubiese encontrado con Brad Pitt en el portal así que decidí actuar. No era plan de haber estado veinticinco meses echando de menos a alguien para quedarme como un pasmarote al verle.
Un cuarto de hora después, estábamos los dos comiendo un helado, tumbados en el césped de un jardincillo cercano.
Mario, mi Mario...Me resumió dos años en pocas frases:
"En Holanda no encontré trabajo así que me fui con unos hippies vendiendo cosas y al final volví a España con estos chicos a tocar. Cambiamos de ciudad con frecuencia. Ya sabes, muchas personas y momentos pero nadie mucho tiempo. "
Yo también le conté que había sido de mi vida, que había cambiado de teléfono (juraba haberme llamado), todo...
- Nunca te olvidé, Miita - me interrumpió y, en ese momento, sacó una fotografía doblada de su pantalón. - ¿Te acuerdas? - La desdoblé y se me escapó una lágrima.
Me maldecí a mí misma, me había prometido no volver a llorar por esa persona y menos delante de él pero la imagen me pudo.
- La llevo desde...
- No lo digas - le pedí, odiando mi manía de coleccionar fotografías de Fotomatón... Entre mis dedos temblorosos, el papel arrugado mostraba por duplicado a una pareja sonriente. Él, de lado, con los ojos cerrados, besando a la chica, que miraba, traviesa a la cámara. Eramos Mario y yo y había estado conservando todo aquel tiempo junto a él.
¿Quería decir eso qué me había querido alguna vez? ¿Qué lo nuestro no fue un pasatiempo para él? ¿Qué esa esperanza que había tratado de olvidar (que cuando se fue estaba enamorado de mí) era real?
Con su mano, me secó la lágríma (que sólo se le ocurrió escurrirse hasta los labios).
Me eché a temblar antes de que me besase.
Y, tendida sobre la hierba, con sus besos recorriéndome labios, mejillas, cuello y conciencia, empecé a recordar.
jueves, 12 de febrero de 2009
La otra cara de Mía
Queridos cómplices:
He creado un nuevo blog y me gustaría que lo supieseis.
El estilo no tiene nada que ver con éste, como su nombre indica es la otra parte de mí.
La dirección es:
www.laotracarademia.blogspot.com
¡Os espero!¡A ver que os parece!
Pero este blog no desaparece... Seguiré pecando y actualizando...¡A ver si con más frecuencia (me refiero a lo segundo)!
He creado un nuevo blog y me gustaría que lo supieseis.
El estilo no tiene nada que ver con éste, como su nombre indica es la otra parte de mí.
La dirección es:
www.laotracarademia.blogspot.com
¡Os espero!¡A ver que os parece!
Pero este blog no desaparece... Seguiré pecando y actualizando...¡A ver si con más frecuencia (me refiero a lo segundo)!
martes, 3 de febrero de 2009
Freud
Queridos cómplices:
No era la primera vez que me sentaba en aquel todoterreno al lado de quien, desde secundaria, ha sido un buen amigo.
Marco fue mi profesor de Literatura en el instituto y, desde entonces, nos llevamos muy bien a pesar de los quince años de edad que nos separan.
En ocasiones, viene a verme ya que no le quedo muy lejos de la ciudad donde vive.
Nunca había pasado nada entre nosotros ni yo jamás lo habría imaginado. Cierto es que, en alguna ocasión, hemos bromeado o, incluso, narrado nuestras fantasías pero no pasamos de ahí.
Como tantos días, estaba yo en el asiento del copiloto, cambiando la música. Estamos en invierno, fuera hacía un frío horrible y no se nos ocurría dónde ir así que nos quedamos hablando dentro del vehículo aparcado entre un Renault Rojo y un contenedor.
Pero algo era diferente.
Marco, mi antiguo profesor, es un hombre de esos deseosos de hacer realidad todas tus fantasías y yo siempre lo había visto como algo ajeno a mí, como un regalo en la vida sexual de otras mujeres pero jamás en la mía. Supongo que la distancia de alumna se había mantenido a lo largo de los años y nunca imaginé que pudiera atravesarla.
Me descubrí a menos de veinte centímetros de su cuerpo, fantaseando. No podía ser... Marco no... Sin embargo, las imágenes se volvían más y más claras en mi cabecita. Los dos en la parte de atrás del coche, protegidos por los cristales tintados... Sus labios recorriendo mi cuello, sus manos deslizándose por debajo de la blusa blanca cuyos botones saltaban con la tirantez de la tela... Sacudí la cabeza, intentando disipar esas ideas, hacerlas difusas y no pensar en como el deseo empezaba a despertar, a poner en alerta todas mis terminaciones nerviosas. No lo conseguí.
Aunque aquello era una locura decidí dejarme llevar por mis impulsos. No podía lanzarme a sus brazos (no niego que la idea me atraía) pero, al menos, podía intentar adivinar mis posibilidades. No quería estropear nuestra relación pero ¿quién me decía que esas súbitas sensaciones no fueran compartidas?
Me dejé caer en el asiento, separando las piernas ligeramente. La falda se levantó un poco y la blusa se ahuecó, permitiendo adivinar lo que escondía bajo ella. No podía evitarlo, me estaba observando. Acerté en sus ojos un atisbo de deseo así que era compartido. Crucé su mirada con la suya y sonreí, cómplice. Estábamos de acuerdo.
No obstante, aquello no podía limitarse a un polvo del momento. Los dos teníamos demasiada imaginación y un margen bastante amplio de posibilidades que abarcar.
Por eso, dejé que la primera idea que se me ocurriese tomase el control de la situación. Le susurré al oído: "Empieza a conducir. No importa el camino pero no salgas de la ciudad"
Asintió y yo me desplacé a los asientos de atrás, no sin antes ajustar el espejo retrovisor de forma que cubriese el espacio que yo iba a ocupar.
Esperé un par de minutos para empezar. Comencé a desabrocharme los botones de la camisa, uno a uno. No llevaba sujetador y no pudo evitar sorprenderse. Me acaricié suavemente el torso. Un semáforo se puso en rojo. Me deshice de la falda, despacio. Semáforo en verde. Quedé con la blusa desabrochada, un tanguita negro y las medias puestas. Me acaricié el sexo por debajo de la ropa; estaba empapada. Jugué conmigo misma, ante la mirada dividida de Marco, preocupada por el tráfico y por no perderse detalle. Los cristales ahumados me permitían ver a todos los transeuntes y la seguridad de que ellos no podían hacerlo me excitaba aunque pensar que pasaría si estuviesen siendo espectadores me robaba una sonrisa traviesa.
Decidí librarme de una prenda más. El tanga cayó al suelo.
Después de un par de rotondas, estaba segura... que él tomase las riendas entonces.
"Ven aquí" rogué. Paró en doble fila y se coló entre los asientos hasta llegar a mí.
Miró fijamente mi cuerpo excitado. Cerré los ojos y disfruté por unos instantes de sentirme contemplada. Los abrí. Sonreía... ¿qué iba a hacerme? Esperé su reacción. Me ponía en sus manos, que hiciese conmigo lo que desease( y estaba segura que iba a acertar con todo lo que yo quería).
Estaba con Diego cuando recibí de Marco este sms: Depende del sueño pero tu mente merece un estudio serio... Que gustos tan retorcidos. No llamo a Freud que le pones. Besos para ti.
Y, de repente, tuve un recuerdo de despertarme empapada de sudor y excitada. Seguramente, medio dormida le escribiría un mensaje y ahora contestaba. A saber que le habría puesto...
Porque sí, afortunada o lamentablemente, todo había sido un sueño.
No era la primera vez que me sentaba en aquel todoterreno al lado de quien, desde secundaria, ha sido un buen amigo.
Marco fue mi profesor de Literatura en el instituto y, desde entonces, nos llevamos muy bien a pesar de los quince años de edad que nos separan.
En ocasiones, viene a verme ya que no le quedo muy lejos de la ciudad donde vive.
Nunca había pasado nada entre nosotros ni yo jamás lo habría imaginado. Cierto es que, en alguna ocasión, hemos bromeado o, incluso, narrado nuestras fantasías pero no pasamos de ahí.
Como tantos días, estaba yo en el asiento del copiloto, cambiando la música. Estamos en invierno, fuera hacía un frío horrible y no se nos ocurría dónde ir así que nos quedamos hablando dentro del vehículo aparcado entre un Renault Rojo y un contenedor.
Pero algo era diferente.
Marco, mi antiguo profesor, es un hombre de esos deseosos de hacer realidad todas tus fantasías y yo siempre lo había visto como algo ajeno a mí, como un regalo en la vida sexual de otras mujeres pero jamás en la mía. Supongo que la distancia de alumna se había mantenido a lo largo de los años y nunca imaginé que pudiera atravesarla.
Me descubrí a menos de veinte centímetros de su cuerpo, fantaseando. No podía ser... Marco no... Sin embargo, las imágenes se volvían más y más claras en mi cabecita. Los dos en la parte de atrás del coche, protegidos por los cristales tintados... Sus labios recorriendo mi cuello, sus manos deslizándose por debajo de la blusa blanca cuyos botones saltaban con la tirantez de la tela... Sacudí la cabeza, intentando disipar esas ideas, hacerlas difusas y no pensar en como el deseo empezaba a despertar, a poner en alerta todas mis terminaciones nerviosas. No lo conseguí.
Aunque aquello era una locura decidí dejarme llevar por mis impulsos. No podía lanzarme a sus brazos (no niego que la idea me atraía) pero, al menos, podía intentar adivinar mis posibilidades. No quería estropear nuestra relación pero ¿quién me decía que esas súbitas sensaciones no fueran compartidas?
Me dejé caer en el asiento, separando las piernas ligeramente. La falda se levantó un poco y la blusa se ahuecó, permitiendo adivinar lo que escondía bajo ella. No podía evitarlo, me estaba observando. Acerté en sus ojos un atisbo de deseo así que era compartido. Crucé su mirada con la suya y sonreí, cómplice. Estábamos de acuerdo.
No obstante, aquello no podía limitarse a un polvo del momento. Los dos teníamos demasiada imaginación y un margen bastante amplio de posibilidades que abarcar.
Por eso, dejé que la primera idea que se me ocurriese tomase el control de la situación. Le susurré al oído: "Empieza a conducir. No importa el camino pero no salgas de la ciudad"
Asintió y yo me desplacé a los asientos de atrás, no sin antes ajustar el espejo retrovisor de forma que cubriese el espacio que yo iba a ocupar.
Esperé un par de minutos para empezar. Comencé a desabrocharme los botones de la camisa, uno a uno. No llevaba sujetador y no pudo evitar sorprenderse. Me acaricié suavemente el torso. Un semáforo se puso en rojo. Me deshice de la falda, despacio. Semáforo en verde. Quedé con la blusa desabrochada, un tanguita negro y las medias puestas. Me acaricié el sexo por debajo de la ropa; estaba empapada. Jugué conmigo misma, ante la mirada dividida de Marco, preocupada por el tráfico y por no perderse detalle. Los cristales ahumados me permitían ver a todos los transeuntes y la seguridad de que ellos no podían hacerlo me excitaba aunque pensar que pasaría si estuviesen siendo espectadores me robaba una sonrisa traviesa.
Decidí librarme de una prenda más. El tanga cayó al suelo.
Después de un par de rotondas, estaba segura... que él tomase las riendas entonces.
"Ven aquí" rogué. Paró en doble fila y se coló entre los asientos hasta llegar a mí.
Miró fijamente mi cuerpo excitado. Cerré los ojos y disfruté por unos instantes de sentirme contemplada. Los abrí. Sonreía... ¿qué iba a hacerme? Esperé su reacción. Me ponía en sus manos, que hiciese conmigo lo que desease( y estaba segura que iba a acertar con todo lo que yo quería).
Estaba con Diego cuando recibí de Marco este sms: Depende del sueño pero tu mente merece un estudio serio... Que gustos tan retorcidos. No llamo a Freud que le pones. Besos para ti.
Y, de repente, tuve un recuerdo de despertarme empapada de sudor y excitada. Seguramente, medio dormida le escribiría un mensaje y ahora contestaba. A saber que le habría puesto...
Porque sí, afortunada o lamentablemente, todo había sido un sueño.
miércoles, 21 de enero de 2009
Cuarto Milenio (parte II)
Queridos cómplices:
Aquella noche, como os podéis imaginar, Diego y yo no dormimos. El miedo no tuvo nada que ver.
Aunque ¿sabíais que los síntomas fisiológicos de ver a alguien que te encante y un ataque de pánico son prácticamente los mismos? Creo que lo leí en alguna parte...
Desde luego, no sé si por Iker Jiménez o por Diego Martín, pero yo estaba realmente atacada.
Aunque ahora que lo pienso, la culpa era de Diego.
Nos habíamos estado besando como críos de trece años durante parte de la noche: labios, cuello, orejas... Él había descubierto mi punto débil: las muñecas.
No sé si habrá un punto erógeno en esa zona pero a mi me basta el sólo roce del reloj para que me cueste contenerme. Y, en ese momento, reprimirme era misión imposible.
Contraatacaba a la cicatriz de su cuello, provocando el mismo efecto que él a mí.
De los besos pasamos a las caricias por encima y debajo de la ropa. El pijama de franela daba mucho calor. Me desabrochó los botones de la parte de arriba y, agarrándome de ambos lados de la camisola desabrochada, me atrajo contra sí. Mi pecho se estrelló contra su boca, lamió cada centímetro, a la vez que me rozaba la espalda con las uñas.
No tardé en quitarle yo la camiseta y Diego en deshacerse de mi parte de abajo. Jugueteó con el tanga que aún yo conservaba puesto entre sus dedos mientras, por mi parte, le quitaba el pantalón corto bajo el que no llevaba nada.
Mi compañero dio la luz. Me excitaba cada vez más, mirando su cuerpo desnudo, sobre mí.
No entendía como habíamos llegado a esa situación pero no importaba. Lo quería todo en ese momento y él también conocía mis intenciones.
Movió la prenda interior a un lado para poder acceder a mi clítoris y comenzó a masturbarme con precisión absoluta, consiguiendo que tuviera un orgasmo rápidamente.
Pero yo quería más. Con una sonrisa de complicidad, Diego se deslizó sobre mi cuerpo hasta sujetarme por los muslos, quitarme el tanga con los dientes y jugar con su lengua, empapándome aún más.
Nos miramos, los dos queríamos lo mismo.
- ¿Tienes condones? - su pregunta me sorprendió, había supuesto que tendría él en su casa. Yo no suelo llevar en la cartera.
- No...
¿Qué podíamos hacer?
- ¡Mierda! - musitó él. Se puso el pantalón corto del pijama, que marcaba toda su erección y fue a la habitación de su compañera a ver si los encontraba. Volvió con las manos vacías.
No soy amiga de la marcha atrás y no quería que aquello acabara ahí. Maldije el momento en que decidí dejar la píldora y, ante su mirada de intranquilidad, reaccioné:
- Hay una farmacia a la vuelta de la esquina que creo que estaba de guardia. Si no, tendrán máquina.
Por las prisas, me puse el pantalón del pijama con las botas por encima y la camisola del pijama. Esperaba que el abrigo no dejara ver mucho mi vestuario, que no hubiese gente por la calle y, sobretodo, que aquella interrupción no rompiese la magia.
Al ver mis pintas y mi precipitación, Diego rió y se vistió aún más rápido que yo.
Cuando volvimos, con nuestra caja de preservativos en el bolso del anorak, apartando la mirada de tres mujeres mayores que iban por nuestra mis ma acera, una con silla de ruedas,que no sé que harían a esas horas, no podíamos evitar una sonrisa por lo irreal de aquella situación.
Nos metimos mano subiendo las escaleras.
- Estás loca - me susurró.
Lo siguiente fue abrir la puerta, arrastrarle a empujones hacia su cuarto y con la ropa a medio quitar, regalarnos uno de los mejores polvos de nuestras vidas.
Aquella noche, como os podéis imaginar, Diego y yo no dormimos. El miedo no tuvo nada que ver.
Aunque ¿sabíais que los síntomas fisiológicos de ver a alguien que te encante y un ataque de pánico son prácticamente los mismos? Creo que lo leí en alguna parte...
Desde luego, no sé si por Iker Jiménez o por Diego Martín, pero yo estaba realmente atacada.
Aunque ahora que lo pienso, la culpa era de Diego.
Nos habíamos estado besando como críos de trece años durante parte de la noche: labios, cuello, orejas... Él había descubierto mi punto débil: las muñecas.
No sé si habrá un punto erógeno en esa zona pero a mi me basta el sólo roce del reloj para que me cueste contenerme. Y, en ese momento, reprimirme era misión imposible.
Contraatacaba a la cicatriz de su cuello, provocando el mismo efecto que él a mí.
De los besos pasamos a las caricias por encima y debajo de la ropa. El pijama de franela daba mucho calor. Me desabrochó los botones de la parte de arriba y, agarrándome de ambos lados de la camisola desabrochada, me atrajo contra sí. Mi pecho se estrelló contra su boca, lamió cada centímetro, a la vez que me rozaba la espalda con las uñas.
No tardé en quitarle yo la camiseta y Diego en deshacerse de mi parte de abajo. Jugueteó con el tanga que aún yo conservaba puesto entre sus dedos mientras, por mi parte, le quitaba el pantalón corto bajo el que no llevaba nada.
Mi compañero dio la luz. Me excitaba cada vez más, mirando su cuerpo desnudo, sobre mí.
No entendía como habíamos llegado a esa situación pero no importaba. Lo quería todo en ese momento y él también conocía mis intenciones.
Movió la prenda interior a un lado para poder acceder a mi clítoris y comenzó a masturbarme con precisión absoluta, consiguiendo que tuviera un orgasmo rápidamente.
Pero yo quería más. Con una sonrisa de complicidad, Diego se deslizó sobre mi cuerpo hasta sujetarme por los muslos, quitarme el tanga con los dientes y jugar con su lengua, empapándome aún más.
Nos miramos, los dos queríamos lo mismo.
- ¿Tienes condones? - su pregunta me sorprendió, había supuesto que tendría él en su casa. Yo no suelo llevar en la cartera.
- No...
¿Qué podíamos hacer?
- ¡Mierda! - musitó él. Se puso el pantalón corto del pijama, que marcaba toda su erección y fue a la habitación de su compañera a ver si los encontraba. Volvió con las manos vacías.
No soy amiga de la marcha atrás y no quería que aquello acabara ahí. Maldije el momento en que decidí dejar la píldora y, ante su mirada de intranquilidad, reaccioné:
- Hay una farmacia a la vuelta de la esquina que creo que estaba de guardia. Si no, tendrán máquina.
Por las prisas, me puse el pantalón del pijama con las botas por encima y la camisola del pijama. Esperaba que el abrigo no dejara ver mucho mi vestuario, que no hubiese gente por la calle y, sobretodo, que aquella interrupción no rompiese la magia.
Al ver mis pintas y mi precipitación, Diego rió y se vistió aún más rápido que yo.
Cuando volvimos, con nuestra caja de preservativos en el bolso del anorak, apartando la mirada de tres mujeres mayores que iban por nuestra mis ma acera, una con silla de ruedas,que no sé que harían a esas horas, no podíamos evitar una sonrisa por lo irreal de aquella situación.
Nos metimos mano subiendo las escaleras.
- Estás loca - me susurró.
Lo siguiente fue abrir la puerta, arrastrarle a empujones hacia su cuarto y con la ropa a medio quitar, regalarnos uno de los mejores polvos de nuestras vidas.
domingo, 28 de diciembre de 2008
Cuarto milenio (parte I)
Queridos cómplices:
En primer lugar, felices fiestas a todos. Sé que ésta ha sido una ausencia larga y, espero, no haya muchas como estas pero digamos que mi vida no ha estado muy activa desde hace algún tiempo.
Pero todo ha vuelto a cambiar... David, Ángel y un nuevo chico: Diego.
Conocí a Diego en un concierto de pop alternativo hará casi un año. Estrella y yo habiamos ido allí ya que la primera se había encaprichado del del teclado. Cuando mi amiga ya había conseguido en un descanso una copa y el número de teléfono del elegido, me fijé en el chico que estaba apoyado a mi lado en la barra. Tenía el pelo tirando a largo, ensortijado,muy oscuro y le caía sobre unos ojos totalmente negros. Una cicatriz le atravesaba el cuello, fruto de un accidente de tráfico. Sobre su camiseta naranja, colgaba una cámara enorme. Luego me enteré que era fotógrafo de un periodico local y que había ido allí para hacer un reportaje.
Hablamos toda la noche y quedamos para otro día. Nos hicimos amigos e, incluso, le acompañé en ocasiones a alguna exposición de pintores aficionados de la ciudad o belenes vivientes de la comunidad de vecinos correspondiente. Solíamos tomar un café casi todas las semanas y confiamos bastante el uno en el otro.
Hace un par de semanas, quedamos en su casa. Su compañera de piso había ido a dormir con el novio y su compañero se había adueñado del salón, viendo Cuarto Milenio. Nos quedamos con él.
Creo que nunca lo había dicho antes pero soy muy miedosa y, como descubrí, él también. Así que después de tener a Iker Jimenez en su Nave del Misterio, no había quien me llevase a casa. Ni yo me atrevía a bajar al portal, pensando en las posibles apariciones, ni él era capaz de arrancar su Peugeot de ochocientos años sin imaginarse a la niña de la curva.
Me quede a dormir con él. Me prestó un pijama de su compañera de piso que estaba en el tendedero y nos metimos en la estrecha cama de 90. Por supuesto, dejamos la luz encendida.
La situación era ridícula ¡parecíamos niños de diez años después de contar historias de miedo en un campamento! Tampoco importaba mucho, había confianza y los dos estábamos en parecida situación.
No sé en que momento me dormí pero cuando volví a despertarme estaba con la cabeza apoyada en su pecho y un aviso de tortículis de cuidado. Me reincorporé y a los pocos segundos volvía a estar medio dormida, esta vez con la barbilla en su hombro. En ocasiones, cuando me despertaba un poquito, le besaba en la mejilla (soy muy cariñosa con mis amigos) y me recostaba de nuevo. Él no se dormía, se limitaba a abrazarme y, a veces, me contaba algo aunque yo no le respondía y si lo hacía, no era con mucha coherencia. Al cabo de una hora o dos, me desvelé de pronto justo cuando empezaba a dormirse él.
- ¿Qué te pasa? - me preguntó Diego sobresaltado.
- No sé, tendría pesadillas...
- Si es que no me aguantas nada...
- ¡Oye, que estabas tan acojonado como yo!
- No, eras tú la que me pediste que dejara la luz encendida -se río a sabiendas de que yo tenía la razón.
- Mentiroso - susurré.
Nos quedamos en silencio, mirándonos y sin saber cómo empezamos a besarnos. Y, definitivamente, ya no nos dió miedo apagar la luz.
En primer lugar, felices fiestas a todos. Sé que ésta ha sido una ausencia larga y, espero, no haya muchas como estas pero digamos que mi vida no ha estado muy activa desde hace algún tiempo.
Pero todo ha vuelto a cambiar... David, Ángel y un nuevo chico: Diego.
Conocí a Diego en un concierto de pop alternativo hará casi un año. Estrella y yo habiamos ido allí ya que la primera se había encaprichado del del teclado. Cuando mi amiga ya había conseguido en un descanso una copa y el número de teléfono del elegido, me fijé en el chico que estaba apoyado a mi lado en la barra. Tenía el pelo tirando a largo, ensortijado,muy oscuro y le caía sobre unos ojos totalmente negros. Una cicatriz le atravesaba el cuello, fruto de un accidente de tráfico. Sobre su camiseta naranja, colgaba una cámara enorme. Luego me enteré que era fotógrafo de un periodico local y que había ido allí para hacer un reportaje.
Hablamos toda la noche y quedamos para otro día. Nos hicimos amigos e, incluso, le acompañé en ocasiones a alguna exposición de pintores aficionados de la ciudad o belenes vivientes de la comunidad de vecinos correspondiente. Solíamos tomar un café casi todas las semanas y confiamos bastante el uno en el otro.
Hace un par de semanas, quedamos en su casa. Su compañera de piso había ido a dormir con el novio y su compañero se había adueñado del salón, viendo Cuarto Milenio. Nos quedamos con él.
Creo que nunca lo había dicho antes pero soy muy miedosa y, como descubrí, él también. Así que después de tener a Iker Jimenez en su Nave del Misterio, no había quien me llevase a casa. Ni yo me atrevía a bajar al portal, pensando en las posibles apariciones, ni él era capaz de arrancar su Peugeot de ochocientos años sin imaginarse a la niña de la curva.
Me quede a dormir con él. Me prestó un pijama de su compañera de piso que estaba en el tendedero y nos metimos en la estrecha cama de 90. Por supuesto, dejamos la luz encendida.
La situación era ridícula ¡parecíamos niños de diez años después de contar historias de miedo en un campamento! Tampoco importaba mucho, había confianza y los dos estábamos en parecida situación.
No sé en que momento me dormí pero cuando volví a despertarme estaba con la cabeza apoyada en su pecho y un aviso de tortículis de cuidado. Me reincorporé y a los pocos segundos volvía a estar medio dormida, esta vez con la barbilla en su hombro. En ocasiones, cuando me despertaba un poquito, le besaba en la mejilla (soy muy cariñosa con mis amigos) y me recostaba de nuevo. Él no se dormía, se limitaba a abrazarme y, a veces, me contaba algo aunque yo no le respondía y si lo hacía, no era con mucha coherencia. Al cabo de una hora o dos, me desvelé de pronto justo cuando empezaba a dormirse él.
- ¿Qué te pasa? - me preguntó Diego sobresaltado.
- No sé, tendría pesadillas...
- Si es que no me aguantas nada...
- ¡Oye, que estabas tan acojonado como yo!
- No, eras tú la que me pediste que dejara la luz encendida -se río a sabiendas de que yo tenía la razón.
- Mentiroso - susurré.
Nos quedamos en silencio, mirándonos y sin saber cómo empezamos a besarnos. Y, definitivamente, ya no nos dió miedo apagar la luz.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
