Queridos cómplices:
Si aún os acordáis de mí, es un milagro. Sin embargo, vuelvo para quedarme, como suele decirse.
Para evitar problemas al recordar los nombres de las personas que aparecen aquí, he hecho un resumen de los principales que aparece abajo a la derecha.
Últimamente, no ha parado de girar el mundo a mi alrededor demasiado deprisa como para poder pararme a escribir y, aunque todo siga igual, he decidido sentarme en medio de todo el caos delante de este portatil.
Estoy bien, nunca he dejado de estarlo. Es sólo que ocurren demasiadas cosas en muy poco tiempo y cuesta asimilar los cambios, los problemas de las personas cercanas y los reencuentros.
Los reencuentros...
Hace quince días me fui con dos de mis amigas de siempre un fin de semana de viaje. Es algo que hacemos todos los años, las tres a una ciudad española para no perder el contacto y seguir haciendo algo en común.
Caminábamos juntas por la calle principal de la ciudad, rumbo a la catedral, cuando escuché una voz a mi espalda:
- ¡Mía! - me giré apresurada. Conocía esa voz demasiado bien pero era casi imposible que su destinatario estuviera a menos de tres metros de mí. Pero aquello, para bien o para mal, no era un sueño: estaba allí.
Mis amigas se miraron, preocupadas, pues sabían lo que significaba. Los fantasmas del pasado siempre aparecen cuando menos te lo esperas y, conmigo, hacen cola para perseguirme.
- Hola Mario - una de ellas reaccionó saludándole y luego se dirigió a mí- Ya vemos la catedral mañana. Vamos a tomar algo. Llamanos cuando vayas a volver al hostal.
Estaba paralizada. No sabía si echarme a reír, a llorar o a correr (opción más acertada, desde luego). Allí estaba el chico capaz de volverme loca que supuestamente estaba viviendo en Amsterdam y no a 100 kilómetros de mi Universidad. Sentí vértigo.
Estaba sentado en el suelo con un perro a su derecha, una pareja de hippies a su izquierda y una guitarra en sus rodillas. Y deduje que estaba viviendo de tocar en la calle... Hacía dos años que no lo veía pero no necesitaba ni que me lo mentase para saberlo; siempre le había gustado esa forma de vida.
Se incorporó con un gesto perfectamente sincronizado y, con el instrumento en la mano, se colocó frente a mí.
- Parece que has visto a un muerto - río bajito a mi oído y me besó en la mejilla derecha, tan suave que fue una caricia fugaz.
Reaccioné y me colgué de un abrazo.
- ¡Pero que haces aquí! ¿Tú no estabas en Holanda?
Dí un paso atrás y lo miré fijamente...¡Dios mío! Estaba tan guapo con esos ojos casi negros y el pelo castaño, largo, lleno de rastas, sujetas en una especie de moño... Me sentía como una niña de quince años que se hubiese encontrado con Brad Pitt en el portal así que decidí actuar. No era plan de haber estado veinticinco meses echando de menos a alguien para quedarme como un pasmarote al verle.
Un cuarto de hora después, estábamos los dos comiendo un helado, tumbados en el césped de un jardincillo cercano.
Mario, mi Mario...Me resumió dos años en pocas frases:
"En Holanda no encontré trabajo así que me fui con unos hippies vendiendo cosas y al final volví a España con estos chicos a tocar. Cambiamos de ciudad con frecuencia. Ya sabes, muchas personas y momentos pero nadie mucho tiempo. "
Yo también le conté que había sido de mi vida, que había cambiado de teléfono (juraba haberme llamado), todo...
- Nunca te olvidé, Miita - me interrumpió y, en ese momento, sacó una fotografía doblada de su pantalón. - ¿Te acuerdas? - La desdoblé y se me escapó una lágrima.
Me maldecí a mí misma, me había prometido no volver a llorar por esa persona y menos delante de él pero la imagen me pudo.
- La llevo desde...
- No lo digas - le pedí, odiando mi manía de coleccionar fotografías de Fotomatón... Entre mis dedos temblorosos, el papel arrugado mostraba por duplicado a una pareja sonriente. Él, de lado, con los ojos cerrados, besando a la chica, que miraba, traviesa a la cámara. Eramos Mario y yo y había estado conservando todo aquel tiempo junto a él.
¿Quería decir eso qué me había querido alguna vez? ¿Qué lo nuestro no fue un pasatiempo para él? ¿Qué esa esperanza que había tratado de olvidar (que cuando se fue estaba enamorado de mí) era real?
Con su mano, me secó la lágríma (que sólo se le ocurrió escurrirse hasta los labios).
Me eché a temblar antes de que me besase.
Y, tendida sobre la hierba, con sus besos recorriéndome labios, mejillas, cuello y conciencia, empecé a recordar.
viernes, 3 de abril de 2009
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8 comentarios:
He llegado a tu blog (bueno, mejor debería decir a tus blogs), a través del de Nebulina. Seré un lector habitual tuyo, si te parece bien. Un saludo!
Hay veces en que el pasado regresa y nos regala su mejor cara.
Seguiré con la historia, y...besitos garrapiñados :P
Lo de que se levanto a saludarte con el instrumento en la mano me ha llegado al alma...eso es clase y lo demas es cuento.
;)
Que cuidado hay que tener con esta gente con rastas...
Besos con moño!
¡Has vuelto! Me alegro mucho de volver a leerte, me encantan tus historias. Besos.
Manu
los hombres tienen el poder de aparecer ante ti y derrumbar todos los castillos que hiciste para aislarte de ellos!!
besotes
Lo que no te pase a ti, preciosa...
Besos con ojos como platos
Preciosa, en cuanto tengo un moment leo esto que parece muy interesante...
Kisses very hots!!
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