lunes, 20 de abril de 2009

Reencuentro (parte II)

Queridos cómplices:

Mis recuerdos iban a la par de mis sentidos: totalmente locos, llenos de fuerza, ansiosos... Ya no pensaba en todo el daño que Mario me había podido hacer con su marcha sino en todo lo bueno, en toda la energía que había aportado a mi vida, sedienta de emociones (y de buenos polvos).
Conocí a Mario en el festival celta de Ortigueira (Galicia). Para quien no lo sepa, tiene lugar en julio y dura cuatro días. Se acampa al lado de la playa y todo está plagado de hippies, muchas drogas y puestos (http://www.festivaldeortigueira.com/).
Ese año, llovió como nunca. Yo había ido con los amigos de mi hermano Fer y la novia de uno de ellos. Estábamos repartidos en dos tiendas. Por ese entonces, aún era la hermana del Fer y, por lo tanto, intocable.
Acampados a nuestro lado, estaba un grupillo de chicos que, casualmente, resultaron ser de la ciudad dónde yo, al año siguiente, iba a ir a estudiar y dónde ya estaba mi hermano y alguno de sus amigos. Hablábamos y habían hecho muy buenas migas con el grupillo con el que yo iba debido, supongo, a su amor por la marihuana.
Si soy sincera, me había fijado mucho más en un colega de Mario. Estaba tan bueno como él y me daba mucho menos miedo. Por ese entonces, yo era bastante tímida y un chico tan extrovertido, seductor y semiperfecto como Mario me intimidaba mucho.
Como ya había dicho, llovió muchísimo y, el penúltimo día, calló una tromba enorme de agua. La tienda de al lado acabó totalmente derrumbada e inundada. Como en todos los festivales, la solidaridad es algo común. Los amigos de mi hermano les ofrecieron que durmieran con nosotros y que estuvieran en nuestras tiendas hasta que quisieran. Pasamos el resto del festival juntos.
Esa noche se suspendieron los conciertos y todos, menos la pareja conocida de mi amigo, se metieron en mi tienda. Imaginaos cerca de diez en una de cinco, fumando porros como unos carreteros. Yo no fumé pues nunca he sido mucho de ello y, además, era la protegida y la castración de cualquiera que me ofreciese estaba en juego.
El chico que a mi me gustaba me ignoraba bastante frente a cualquier intento de seducción por mi parte (luego ha resultado ser homosexual y su nombre es Fran, el hermano de Anabel, mi vecina) pero Mario empezó a bailarme el agua de forma exagerada. Y me dejé caer. La verdad es que, supongo influida por la burbuja de maruja en la que estaba, se me estaba quitando el miedo y me resultaba, además de atractivo fisicamente, una persona muy interesante. Tenía todo lo que yo creía buscar en un chico: ganas de comerse el mundo, una forma increible de hablar de todo y fascinarme, rebelde, intelectual pero sin llegar a pedante, solidario... Se las había arreglado para colocarse a mi lado y me hablaba muy cerca del oído; yo estaba mareadisima y me apoyaba en su hombro, sin dejar de estar pendiente de cada movimiento.
Me atrapaba y lo sabía pero ¿por qué no? Mi hermano se estaba haciendo cruces porque, mejor que yo, sospechaba que iba a pasar. Me seguía hablando y yo le miré a los labios, el resultado era hipnótico... Quería besarle con todas mis fuerzas, toda mi líbido y toda mi alma. Y eso hice y delante de Fer. Pensé que iba a matarme. Luego me ha confesado que a punto estuvo. Nunca me había visto liarme con nadie y esa fue la primera vez, delante de él y tan cerca que podía tocarme. Mario me respondió al gesto algo sorprendido (llevaba un rato insistiendo en dar una vuelta para que se me pasase el mareo ya que había escampado). Joder, encima besaba de vicio. Perfecto. ¿Por qué nadie me dio una cuchilla? Porque iba camino de un buen suicidio emocional.
Y accedí a dar ese paseo. Antes, Fer paró al chico y le dijo algo al oído. Supongo que amenazarle de muerte si se enteraba que se había pasado de la raya.
Fuimos a la playa. Él se sentó en una roca y me pidió que hiciese lo mismo en sus rodillas (para no mojarme). Nos besamos ya sin tapujos.
Recibí un sms de mi hermano: "Te doy dos horas. A las cuatro te quiero en la tienda y dame alguna perdida para saber que estas bien. No hagas tonterías, coño que eres mi hermana." La verdad es que se portó bien. No cayó en la sobreprotección y me ha guardado el secreto hasta hoy. Se la estaba jugando. Si mis padres se enteraban, se nos caería el pelo.
Nunca se me había acelerado el pulso tanto con otra boca. Durante dos años y medio he estado recordando los primeros roces de su lengua contra la mía.
Nos estuvimos liando bastante rato (calculo que una hora). Mario no sabía que paso dar y cual no. Al fin y al cabo, era algo mayor que yo y parece ser que le había caído demasiado bien como para estropear aquella "situación" (que él luego me explicaría como una movida de aureas impresionante).
Pero a mis diecisiete (dieciocho en un mes) fui yo quien tomé la iniciativa:
- Quiero que me folles - le susurré al oído.
- ¿Qué? - aquello le pilló de imprevisto, tanto el lenguaje como las intenciones.
- Que quiero hacerlo contigo.
Pero había algo que él nó sabía, que yo era virgen y no estaba dispuesta a decírselo. Lo había intentado una vez con mi exnovio y no había salido bien. Masturbación, sexo oral... sí... pero nunca me habían penetrado.
Y fue allí, contra una roca, lloviznando, cuando decidí que ya había esperado demasiado y que quería todo con aquel casi desconocido. E impaciente como siempre, lo quería en ese momento.

viernes, 3 de abril de 2009

Reencuentro (parte I)

Queridos cómplices:

Si aún os acordáis de mí, es un milagro. Sin embargo, vuelvo para quedarme, como suele decirse.
Para evitar problemas al recordar los nombres de las personas que aparecen aquí, he hecho un resumen de los principales que aparece abajo a la derecha.
Últimamente, no ha parado de girar el mundo a mi alrededor demasiado deprisa como para poder pararme a escribir y, aunque todo siga igual, he decidido sentarme en medio de todo el caos delante de este portatil.
Estoy bien, nunca he dejado de estarlo. Es sólo que ocurren demasiadas cosas en muy poco tiempo y cuesta asimilar los cambios, los problemas de las personas cercanas y los reencuentros.
Los reencuentros...
Hace quince días me fui con dos de mis amigas de siempre un fin de semana de viaje. Es algo que hacemos todos los años, las tres a una ciudad española para no perder el contacto y seguir haciendo algo en común.
Caminábamos juntas por la calle principal de la ciudad, rumbo a la catedral, cuando escuché una voz a mi espalda:
- ¡Mía! - me giré apresurada. Conocía esa voz demasiado bien pero era casi imposible que su destinatario estuviera a menos de tres metros de mí. Pero aquello, para bien o para mal, no era un sueño: estaba allí.
Mis amigas se miraron, preocupadas, pues sabían lo que significaba. Los fantasmas del pasado siempre aparecen cuando menos te lo esperas y, conmigo, hacen cola para perseguirme.
- Hola Mario - una de ellas reaccionó saludándole y luego se dirigió a mí- Ya vemos la catedral mañana. Vamos a tomar algo. Llamanos cuando vayas a volver al hostal.
Estaba paralizada. No sabía si echarme a reír, a llorar o a correr (opción más acertada, desde luego). Allí estaba el chico capaz de volverme loca que supuestamente estaba viviendo en Amsterdam y no a 100 kilómetros de mi Universidad. Sentí vértigo.
Estaba sentado en el suelo con un perro a su derecha, una pareja de hippies a su izquierda y una guitarra en sus rodillas. Y deduje que estaba viviendo de tocar en la calle... Hacía dos años que no lo veía pero no necesitaba ni que me lo mentase para saberlo; siempre le había gustado esa forma de vida.
Se incorporó con un gesto perfectamente sincronizado y, con el instrumento en la mano, se colocó frente a mí.
- Parece que has visto a un muerto - río bajito a mi oído y me besó en la mejilla derecha, tan suave que fue una caricia fugaz.
Reaccioné y me colgué de un abrazo.
- ¡Pero que haces aquí! ¿Tú no estabas en Holanda?
Dí un paso atrás y lo miré fijamente...¡Dios mío! Estaba tan guapo con esos ojos casi negros y el pelo castaño, largo, lleno de rastas, sujetas en una especie de moño... Me sentía como una niña de quince años que se hubiese encontrado con Brad Pitt en el portal así que decidí actuar. No era plan de haber estado veinticinco meses echando de menos a alguien para quedarme como un pasmarote al verle.
Un cuarto de hora después, estábamos los dos comiendo un helado, tumbados en el césped de un jardincillo cercano.
Mario, mi Mario...Me resumió dos años en pocas frases:
"En Holanda no encontré trabajo así que me fui con unos hippies vendiendo cosas y al final volví a España con estos chicos a tocar. Cambiamos de ciudad con frecuencia. Ya sabes, muchas personas y momentos pero nadie mucho tiempo. "
Yo también le conté que había sido de mi vida, que había cambiado de teléfono (juraba haberme llamado), todo...
- Nunca te olvidé, Miita - me interrumpió y, en ese momento, sacó una fotografía doblada de su pantalón. - ¿Te acuerdas? - La desdoblé y se me escapó una lágrima.
Me maldecí a mí misma, me había prometido no volver a llorar por esa persona y menos delante de él pero la imagen me pudo.
- La llevo desde...
- No lo digas - le pedí, odiando mi manía de coleccionar fotografías de Fotomatón... Entre mis dedos temblorosos, el papel arrugado mostraba por duplicado a una pareja sonriente. Él, de lado, con los ojos cerrados, besando a la chica, que miraba, traviesa a la cámara. Eramos Mario y yo y había estado conservando todo aquel tiempo junto a él.
¿Quería decir eso qué me había querido alguna vez? ¿Qué lo nuestro no fue un pasatiempo para él? ¿Qué esa esperanza que había tratado de olvidar (que cuando se fue estaba enamorado de mí) era real?
Con su mano, me secó la lágríma (que sólo se le ocurrió escurrirse hasta los labios).
Me eché a temblar antes de que me besase.
Y, tendida sobre la hierba, con sus besos recorriéndome labios, mejillas, cuello y conciencia, empecé a recordar.