Queridos cómplices:
Lo habíamos dejado en aquel día de septiembre, cuando nerviosa, acababa de recibir la llamada de Pablo que me pedía que le dejase dormir en mi casa pues no tenía las llaves.
Éste llegó en menos de cinco minutos. Cuando sonó el timbre de abajo empecé a ponerme nerviosa. Mi hermano estaría acostado y yo allí, a las tantas de la mañana, esperando en camisón y desmaquillada a uno de los mejores amigos de mi novio del cual no sabía si huir o lanzarme a sus brazos.
La verdad es que, al principio, todo marchaba demasiado tranquilo y estaba relajada. Le preparé el sofá con una manta (mis amigos suelen dormir conmigo en la cama pero me había puesto mis propios límites). Comimos cereales y hablamos de esas cosas que nunca deben hablarse si va a suceder algo después: novios, exnovios, primeras relaciones, debilidades, errores cometidos. Yo le contaba, no sé muy bien el qué y me dí cuenta, no paraba de mirarme los labios.
- ¿Qué miras, chiquillo?
- Porque eres la novia de mi amigo, mi niña, que si no te decía yo lo que te hacía esta noche.- no era la primera vez que decía esa frase y no sabía muy bien que responder.
- Esta mañana, más bien.
Ya estaba amaneciendo aunque teníamos la persiana entreabierta y la luz se colaba entre las rendijas.
La penumbra siempre me ha perdido. Su mirada, la mía. Su boca, mi boca.
Sobraron las palabras y empezamos a besarnos como críos de quince años, con ímpetú. Se abalanzó sobre mí y me cayó del sofá. Nos reímos y se bajó al suelo conmigo, colocándose sobre mi cuerpo.
Cada vez estaba más excitada pero tenía mis límites y debía cumplirlos. Nada de sexo. Es Pablo, el amigo de mi chico, ese que se fue a Santander a vivir y que viaja a Benidorm con él. No podría emocionalmente con eso. Sería demasiado. Así se lo hice saber.
- Tampoco quiero que pase nada más pero no voy a dejar de besarte.
Se estaba haciendo daño en los codos así que cambié de posición y me puse a horcajadas sobre él. Nuestros cuerpos se amoldaban sin quererlo. Parecía que cada rincón estaba preparado para la anatomía del otro. Mis muslos encajaban a la perfección con los huesos de sus caderas, la altura era perfecta... mi pecho a la altura de su aliento. Nunca me había compenetrado tan bien con alguien.
Sus mano derecha se deslizaba por debajo del camisón y la izquierda jugueteaba con los tirantes (había tenido la precaución de dejarme puesto el sujetador).
- Que bien hueles, cabrona - gimió.
Casi sin darse cuenta, empezó a agarrarme de las nalgas y a rozarme contra él. A través de la fina tela de mi ropa interior, notaba su erección. Yo estaba empapada, embriagada del morbo de aquella situación.
- Lo siento pero tengo que hacerlo - me quitó el camisón pero yo dejé su ropa intacta. Aquella desigualdad me gustaba demasiado.
Estuvimos así un buen rato hasta que la excitación podía con nosotros y era imposible de controlar.
Cuando mi cabeza y mis instintos mantenían un debate sobre lo que yo debía de hacer, vi que se encencía la luz del pasillo.
- Mi hermano - conseguí articular sin jadear.
Nos quedamos quietos, tumbados en el suelo, tocándonos mientras Fer, medio dormido, iba al cuarto de baño y volvía a la habitación.
martes, 14 de octubre de 2008
viernes, 3 de octubre de 2008
La vuelta al cole (primer asalto)
Queridos cómplices:
Las vacaciones terminaron tal y como podéis imaginar. Estrella y yo destrozadas (ella también estaba borracha, muy fumada y muy débil) y un David, caballero andante, corriendo a Galicia.
El cabrón del informático se atrevió a enviarnos un ramo de flores y dos pulseras de 1 de 50 a casa de mi amiga con una tarjeta que no leímos. Quizás debimos haberlo hecho, sigue sin abrir en el cajón de la mesilla del dormitorio; no era el momento. Una disculpa nos hubiese dejado un sabor agridulce y otra invitación nos llevaría a buscarle y asesinarle así que intentamos hacerlo de la mejor forma posible: guardando las pulseras y regalándole las flores a la anfitriona.
La madre de Estrella se emocionó con la posibilidad de que el recién aparecido David fuese el novio secreto de su hija y se ofreció a hospedarlo en la habitación del hermano (no vaya a ser que les diese por algún encuentro amoroso a altas horas de la noche).
Yo volví a mi casa a disfrutar de los cuidados maternos y Estrella a la Meseta, a hacer los exámenes.
El curso empezó y todos estamos de vuelta.
El pasado fin de semana salimos todos juntos: Fran, Anabel, Estrella, Ángel y algún chico más del que no he hablado aunque, sospecho, acabaré haciendo.
Ángel estaba radiante y nos había avisado de que nos traía una sorpresa. La verdad, es que mientras las chicas nos arreglábamos y mi hermano huía al reencuentro con sus amigos (la fiesta iba a ser en mi casa y Fer ya no está de Erasmus), lo único que pensaba era que iba a traernos un par de botellas o algo así. A lo sumo, nos invitaba a cenar.
Ya estábamos todos en mi casa cuando llegó. Y no venía solo.
- ¡Aquí tenéis mi sorpresa! - no supe que hacer, si alegrarme o escaparme al otro extremo del planeta.
- ¡Pablo! - la verdad es que no era la primera vez que lo traía.
Pablo es un amigo de Ángel, de esos que se tienen de pequeño, se trasladan a otra ciudad y, milagrosamente, no se pierde el contacto. Sin embargo, Pablo venía para quedarse: traslado de expediente, fantástico.
Y digo fantástico porque era una verdadera putada. Pablo y yo nunca hemos conectado demasiado bien. Nos caemos genial y solemos confiar el uno en el otro pero hasta hacía medio año nunca había habido química entre nosotros. Lo que pasa es que la química se presentó de forma algo inadecuada. Desde el descubrimiento, lo había visto tres veces más y, aunque no pasase nada, estaba clarísimo: entre nosotros la tensión sexual era un eufemismo. Nos veíamos y todo giraba demasiado rápido. Era cuestión de tiempo y de quedarnos solos. Los dos lo sabíamos y no nos hacía gracia. Es Pablo, el amigo de Ángel que se fue a vivir a Santander cuando tenían diez años, el que pasa una semana en Benidorm con la familia de mi pareja. Y, en cuanto me descuidaba, acababa a un centímetro de su boca.
Esa noche de viernes fue de lo más normal. Incluso me tranquilicé pensando que no pasaría nada o que tendría la cabeza suficiente para evitarlo. La verdad es que siempre he pecado de ingenua. Y al día siguiente, volvimos a salir todos juntos.
Ángel se fue pronto a casa porque estaba cansado y empezaba a tener gripe. Ya a las seís menos algo de la mañana, quise volver yo. Anabel y Estrella tardarían así que iba a pedir un taxi cuando Pablo se ofreció a acompañarme. Me explicó que sólo vivía a un par de calles de distancia y que, además, todavía no se orientaba muy bien. Le creí o no, no lo sé pero tampoco mi economía anda como para abusar de taxis. Fuimos, me dejó en casa con dos castos besos cargados de tensión y me dijo al oído:
- Porque eres la novia de mi amigo, mi niña, que si no te decía yo lo que te hacía esta noche.
Me reí y subí por el ascensor. Cinco minutos más tarde, cuando ya me había lavado los dientes y me estaba metiendo en la cama, sonó mi móvil.
- Miita...que soy Pablo. Oye, que me he olvidado las llaves y mi compañero no vuelve hasta mañana, ¿puedo dormir allí.
¿Qué se suponía que debía yo hacer?
- Vale, tengo un sofá precioso - quería ser borde, dejarle claros los límites pero no soné muy convincente. Estaba claro, me traía cómo quería.
Las vacaciones terminaron tal y como podéis imaginar. Estrella y yo destrozadas (ella también estaba borracha, muy fumada y muy débil) y un David, caballero andante, corriendo a Galicia.
El cabrón del informático se atrevió a enviarnos un ramo de flores y dos pulseras de 1 de 50 a casa de mi amiga con una tarjeta que no leímos. Quizás debimos haberlo hecho, sigue sin abrir en el cajón de la mesilla del dormitorio; no era el momento. Una disculpa nos hubiese dejado un sabor agridulce y otra invitación nos llevaría a buscarle y asesinarle así que intentamos hacerlo de la mejor forma posible: guardando las pulseras y regalándole las flores a la anfitriona.
La madre de Estrella se emocionó con la posibilidad de que el recién aparecido David fuese el novio secreto de su hija y se ofreció a hospedarlo en la habitación del hermano (no vaya a ser que les diese por algún encuentro amoroso a altas horas de la noche).
Yo volví a mi casa a disfrutar de los cuidados maternos y Estrella a la Meseta, a hacer los exámenes.
El curso empezó y todos estamos de vuelta.
El pasado fin de semana salimos todos juntos: Fran, Anabel, Estrella, Ángel y algún chico más del que no he hablado aunque, sospecho, acabaré haciendo.
Ángel estaba radiante y nos había avisado de que nos traía una sorpresa. La verdad, es que mientras las chicas nos arreglábamos y mi hermano huía al reencuentro con sus amigos (la fiesta iba a ser en mi casa y Fer ya no está de Erasmus), lo único que pensaba era que iba a traernos un par de botellas o algo así. A lo sumo, nos invitaba a cenar.
Ya estábamos todos en mi casa cuando llegó. Y no venía solo.
- ¡Aquí tenéis mi sorpresa! - no supe que hacer, si alegrarme o escaparme al otro extremo del planeta.
- ¡Pablo! - la verdad es que no era la primera vez que lo traía.
Pablo es un amigo de Ángel, de esos que se tienen de pequeño, se trasladan a otra ciudad y, milagrosamente, no se pierde el contacto. Sin embargo, Pablo venía para quedarse: traslado de expediente, fantástico.
Y digo fantástico porque era una verdadera putada. Pablo y yo nunca hemos conectado demasiado bien. Nos caemos genial y solemos confiar el uno en el otro pero hasta hacía medio año nunca había habido química entre nosotros. Lo que pasa es que la química se presentó de forma algo inadecuada. Desde el descubrimiento, lo había visto tres veces más y, aunque no pasase nada, estaba clarísimo: entre nosotros la tensión sexual era un eufemismo. Nos veíamos y todo giraba demasiado rápido. Era cuestión de tiempo y de quedarnos solos. Los dos lo sabíamos y no nos hacía gracia. Es Pablo, el amigo de Ángel que se fue a vivir a Santander cuando tenían diez años, el que pasa una semana en Benidorm con la familia de mi pareja. Y, en cuanto me descuidaba, acababa a un centímetro de su boca.
Esa noche de viernes fue de lo más normal. Incluso me tranquilicé pensando que no pasaría nada o que tendría la cabeza suficiente para evitarlo. La verdad es que siempre he pecado de ingenua. Y al día siguiente, volvimos a salir todos juntos.
Ángel se fue pronto a casa porque estaba cansado y empezaba a tener gripe. Ya a las seís menos algo de la mañana, quise volver yo. Anabel y Estrella tardarían así que iba a pedir un taxi cuando Pablo se ofreció a acompañarme. Me explicó que sólo vivía a un par de calles de distancia y que, además, todavía no se orientaba muy bien. Le creí o no, no lo sé pero tampoco mi economía anda como para abusar de taxis. Fuimos, me dejó en casa con dos castos besos cargados de tensión y me dijo al oído:
- Porque eres la novia de mi amigo, mi niña, que si no te decía yo lo que te hacía esta noche.
Me reí y subí por el ascensor. Cinco minutos más tarde, cuando ya me había lavado los dientes y me estaba metiendo en la cama, sonó mi móvil.
- Miita...que soy Pablo. Oye, que me he olvidado las llaves y mi compañero no vuelve hasta mañana, ¿puedo dormir allí.
¿Qué se suponía que debía yo hacer?
- Vale, tengo un sofá precioso - quería ser borde, dejarle claros los límites pero no soné muy convincente. Estaba claro, me traía cómo quería.
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