Queridos cómplices:
He creado un nuevo blog y me gustaría que lo supieseis.
El estilo no tiene nada que ver con éste, como su nombre indica es la otra parte de mí.
La dirección es:
www.laotracarademia.blogspot.com
¡Os espero!¡A ver que os parece!
Pero este blog no desaparece... Seguiré pecando y actualizando...¡A ver si con más frecuencia (me refiero a lo segundo)!
jueves, 12 de febrero de 2009
martes, 3 de febrero de 2009
Freud
Queridos cómplices:
No era la primera vez que me sentaba en aquel todoterreno al lado de quien, desde secundaria, ha sido un buen amigo.
Marco fue mi profesor de Literatura en el instituto y, desde entonces, nos llevamos muy bien a pesar de los quince años de edad que nos separan.
En ocasiones, viene a verme ya que no le quedo muy lejos de la ciudad donde vive.
Nunca había pasado nada entre nosotros ni yo jamás lo habría imaginado. Cierto es que, en alguna ocasión, hemos bromeado o, incluso, narrado nuestras fantasías pero no pasamos de ahí.
Como tantos días, estaba yo en el asiento del copiloto, cambiando la música. Estamos en invierno, fuera hacía un frío horrible y no se nos ocurría dónde ir así que nos quedamos hablando dentro del vehículo aparcado entre un Renault Rojo y un contenedor.
Pero algo era diferente.
Marco, mi antiguo profesor, es un hombre de esos deseosos de hacer realidad todas tus fantasías y yo siempre lo había visto como algo ajeno a mí, como un regalo en la vida sexual de otras mujeres pero jamás en la mía. Supongo que la distancia de alumna se había mantenido a lo largo de los años y nunca imaginé que pudiera atravesarla.
Me descubrí a menos de veinte centímetros de su cuerpo, fantaseando. No podía ser... Marco no... Sin embargo, las imágenes se volvían más y más claras en mi cabecita. Los dos en la parte de atrás del coche, protegidos por los cristales tintados... Sus labios recorriendo mi cuello, sus manos deslizándose por debajo de la blusa blanca cuyos botones saltaban con la tirantez de la tela... Sacudí la cabeza, intentando disipar esas ideas, hacerlas difusas y no pensar en como el deseo empezaba a despertar, a poner en alerta todas mis terminaciones nerviosas. No lo conseguí.
Aunque aquello era una locura decidí dejarme llevar por mis impulsos. No podía lanzarme a sus brazos (no niego que la idea me atraía) pero, al menos, podía intentar adivinar mis posibilidades. No quería estropear nuestra relación pero ¿quién me decía que esas súbitas sensaciones no fueran compartidas?
Me dejé caer en el asiento, separando las piernas ligeramente. La falda se levantó un poco y la blusa se ahuecó, permitiendo adivinar lo que escondía bajo ella. No podía evitarlo, me estaba observando. Acerté en sus ojos un atisbo de deseo así que era compartido. Crucé su mirada con la suya y sonreí, cómplice. Estábamos de acuerdo.
No obstante, aquello no podía limitarse a un polvo del momento. Los dos teníamos demasiada imaginación y un margen bastante amplio de posibilidades que abarcar.
Por eso, dejé que la primera idea que se me ocurriese tomase el control de la situación. Le susurré al oído: "Empieza a conducir. No importa el camino pero no salgas de la ciudad"
Asintió y yo me desplacé a los asientos de atrás, no sin antes ajustar el espejo retrovisor de forma que cubriese el espacio que yo iba a ocupar.
Esperé un par de minutos para empezar. Comencé a desabrocharme los botones de la camisa, uno a uno. No llevaba sujetador y no pudo evitar sorprenderse. Me acaricié suavemente el torso. Un semáforo se puso en rojo. Me deshice de la falda, despacio. Semáforo en verde. Quedé con la blusa desabrochada, un tanguita negro y las medias puestas. Me acaricié el sexo por debajo de la ropa; estaba empapada. Jugué conmigo misma, ante la mirada dividida de Marco, preocupada por el tráfico y por no perderse detalle. Los cristales ahumados me permitían ver a todos los transeuntes y la seguridad de que ellos no podían hacerlo me excitaba aunque pensar que pasaría si estuviesen siendo espectadores me robaba una sonrisa traviesa.
Decidí librarme de una prenda más. El tanga cayó al suelo.
Después de un par de rotondas, estaba segura... que él tomase las riendas entonces.
"Ven aquí" rogué. Paró en doble fila y se coló entre los asientos hasta llegar a mí.
Miró fijamente mi cuerpo excitado. Cerré los ojos y disfruté por unos instantes de sentirme contemplada. Los abrí. Sonreía... ¿qué iba a hacerme? Esperé su reacción. Me ponía en sus manos, que hiciese conmigo lo que desease( y estaba segura que iba a acertar con todo lo que yo quería).
Estaba con Diego cuando recibí de Marco este sms: Depende del sueño pero tu mente merece un estudio serio... Que gustos tan retorcidos. No llamo a Freud que le pones. Besos para ti.
Y, de repente, tuve un recuerdo de despertarme empapada de sudor y excitada. Seguramente, medio dormida le escribiría un mensaje y ahora contestaba. A saber que le habría puesto...
Porque sí, afortunada o lamentablemente, todo había sido un sueño.
No era la primera vez que me sentaba en aquel todoterreno al lado de quien, desde secundaria, ha sido un buen amigo.
Marco fue mi profesor de Literatura en el instituto y, desde entonces, nos llevamos muy bien a pesar de los quince años de edad que nos separan.
En ocasiones, viene a verme ya que no le quedo muy lejos de la ciudad donde vive.
Nunca había pasado nada entre nosotros ni yo jamás lo habría imaginado. Cierto es que, en alguna ocasión, hemos bromeado o, incluso, narrado nuestras fantasías pero no pasamos de ahí.
Como tantos días, estaba yo en el asiento del copiloto, cambiando la música. Estamos en invierno, fuera hacía un frío horrible y no se nos ocurría dónde ir así que nos quedamos hablando dentro del vehículo aparcado entre un Renault Rojo y un contenedor.
Pero algo era diferente.
Marco, mi antiguo profesor, es un hombre de esos deseosos de hacer realidad todas tus fantasías y yo siempre lo había visto como algo ajeno a mí, como un regalo en la vida sexual de otras mujeres pero jamás en la mía. Supongo que la distancia de alumna se había mantenido a lo largo de los años y nunca imaginé que pudiera atravesarla.
Me descubrí a menos de veinte centímetros de su cuerpo, fantaseando. No podía ser... Marco no... Sin embargo, las imágenes se volvían más y más claras en mi cabecita. Los dos en la parte de atrás del coche, protegidos por los cristales tintados... Sus labios recorriendo mi cuello, sus manos deslizándose por debajo de la blusa blanca cuyos botones saltaban con la tirantez de la tela... Sacudí la cabeza, intentando disipar esas ideas, hacerlas difusas y no pensar en como el deseo empezaba a despertar, a poner en alerta todas mis terminaciones nerviosas. No lo conseguí.
Aunque aquello era una locura decidí dejarme llevar por mis impulsos. No podía lanzarme a sus brazos (no niego que la idea me atraía) pero, al menos, podía intentar adivinar mis posibilidades. No quería estropear nuestra relación pero ¿quién me decía que esas súbitas sensaciones no fueran compartidas?
Me dejé caer en el asiento, separando las piernas ligeramente. La falda se levantó un poco y la blusa se ahuecó, permitiendo adivinar lo que escondía bajo ella. No podía evitarlo, me estaba observando. Acerté en sus ojos un atisbo de deseo así que era compartido. Crucé su mirada con la suya y sonreí, cómplice. Estábamos de acuerdo.
No obstante, aquello no podía limitarse a un polvo del momento. Los dos teníamos demasiada imaginación y un margen bastante amplio de posibilidades que abarcar.
Por eso, dejé que la primera idea que se me ocurriese tomase el control de la situación. Le susurré al oído: "Empieza a conducir. No importa el camino pero no salgas de la ciudad"
Asintió y yo me desplacé a los asientos de atrás, no sin antes ajustar el espejo retrovisor de forma que cubriese el espacio que yo iba a ocupar.
Esperé un par de minutos para empezar. Comencé a desabrocharme los botones de la camisa, uno a uno. No llevaba sujetador y no pudo evitar sorprenderse. Me acaricié suavemente el torso. Un semáforo se puso en rojo. Me deshice de la falda, despacio. Semáforo en verde. Quedé con la blusa desabrochada, un tanguita negro y las medias puestas. Me acaricié el sexo por debajo de la ropa; estaba empapada. Jugué conmigo misma, ante la mirada dividida de Marco, preocupada por el tráfico y por no perderse detalle. Los cristales ahumados me permitían ver a todos los transeuntes y la seguridad de que ellos no podían hacerlo me excitaba aunque pensar que pasaría si estuviesen siendo espectadores me robaba una sonrisa traviesa.
Decidí librarme de una prenda más. El tanga cayó al suelo.
Después de un par de rotondas, estaba segura... que él tomase las riendas entonces.
"Ven aquí" rogué. Paró en doble fila y se coló entre los asientos hasta llegar a mí.
Miró fijamente mi cuerpo excitado. Cerré los ojos y disfruté por unos instantes de sentirme contemplada. Los abrí. Sonreía... ¿qué iba a hacerme? Esperé su reacción. Me ponía en sus manos, que hiciese conmigo lo que desease( y estaba segura que iba a acertar con todo lo que yo quería).
Estaba con Diego cuando recibí de Marco este sms: Depende del sueño pero tu mente merece un estudio serio... Que gustos tan retorcidos. No llamo a Freud que le pones. Besos para ti.
Y, de repente, tuve un recuerdo de despertarme empapada de sudor y excitada. Seguramente, medio dormida le escribiría un mensaje y ahora contestaba. A saber que le habría puesto...
Porque sí, afortunada o lamentablemente, todo había sido un sueño.
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