Queridos cómplices:
Aquella noche, como os podéis imaginar, Diego y yo no dormimos. El miedo no tuvo nada que ver.
Aunque ¿sabíais que los síntomas fisiológicos de ver a alguien que te encante y un ataque de pánico son prácticamente los mismos? Creo que lo leí en alguna parte...
Desde luego, no sé si por Iker Jiménez o por Diego Martín, pero yo estaba realmente atacada.
Aunque ahora que lo pienso, la culpa era de Diego.
Nos habíamos estado besando como críos de trece años durante parte de la noche: labios, cuello, orejas... Él había descubierto mi punto débil: las muñecas.
No sé si habrá un punto erógeno en esa zona pero a mi me basta el sólo roce del reloj para que me cueste contenerme. Y, en ese momento, reprimirme era misión imposible.
Contraatacaba a la cicatriz de su cuello, provocando el mismo efecto que él a mí.
De los besos pasamos a las caricias por encima y debajo de la ropa. El pijama de franela daba mucho calor. Me desabrochó los botones de la parte de arriba y, agarrándome de ambos lados de la camisola desabrochada, me atrajo contra sí. Mi pecho se estrelló contra su boca, lamió cada centímetro, a la vez que me rozaba la espalda con las uñas.
No tardé en quitarle yo la camiseta y Diego en deshacerse de mi parte de abajo. Jugueteó con el tanga que aún yo conservaba puesto entre sus dedos mientras, por mi parte, le quitaba el pantalón corto bajo el que no llevaba nada.
Mi compañero dio la luz. Me excitaba cada vez más, mirando su cuerpo desnudo, sobre mí.
No entendía como habíamos llegado a esa situación pero no importaba. Lo quería todo en ese momento y él también conocía mis intenciones.
Movió la prenda interior a un lado para poder acceder a mi clítoris y comenzó a masturbarme con precisión absoluta, consiguiendo que tuviera un orgasmo rápidamente.
Pero yo quería más. Con una sonrisa de complicidad, Diego se deslizó sobre mi cuerpo hasta sujetarme por los muslos, quitarme el tanga con los dientes y jugar con su lengua, empapándome aún más.
Nos miramos, los dos queríamos lo mismo.
- ¿Tienes condones? - su pregunta me sorprendió, había supuesto que tendría él en su casa. Yo no suelo llevar en la cartera.
- No...
¿Qué podíamos hacer?
- ¡Mierda! - musitó él. Se puso el pantalón corto del pijama, que marcaba toda su erección y fue a la habitación de su compañera a ver si los encontraba. Volvió con las manos vacías.
No soy amiga de la marcha atrás y no quería que aquello acabara ahí. Maldije el momento en que decidí dejar la píldora y, ante su mirada de intranquilidad, reaccioné:
- Hay una farmacia a la vuelta de la esquina que creo que estaba de guardia. Si no, tendrán máquina.
Por las prisas, me puse el pantalón del pijama con las botas por encima y la camisola del pijama. Esperaba que el abrigo no dejara ver mucho mi vestuario, que no hubiese gente por la calle y, sobretodo, que aquella interrupción no rompiese la magia.
Al ver mis pintas y mi precipitación, Diego rió y se vistió aún más rápido que yo.
Cuando volvimos, con nuestra caja de preservativos en el bolso del anorak, apartando la mirada de tres mujeres mayores que iban por nuestra mis ma acera, una con silla de ruedas,que no sé que harían a esas horas, no podíamos evitar una sonrisa por lo irreal de aquella situación.
Nos metimos mano subiendo las escaleras.
- Estás loca - me susurró.
Lo siguiente fue abrir la puerta, arrastrarle a empujones hacia su cuarto y con la ropa a medio quitar, regalarnos uno de los mejores polvos de nuestras vidas.
miércoles, 21 de enero de 2009
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