domingo, 28 de diciembre de 2008

Cuarto milenio (parte I)

Queridos cómplices:

En primer lugar, felices fiestas a todos. Sé que ésta ha sido una ausencia larga y, espero, no haya muchas como estas pero digamos que mi vida no ha estado muy activa desde hace algún tiempo.
Pero todo ha vuelto a cambiar... David, Ángel y un nuevo chico: Diego.
Conocí a Diego en un concierto de pop alternativo hará casi un año. Estrella y yo habiamos ido allí ya que la primera se había encaprichado del del teclado. Cuando mi amiga ya había conseguido en un descanso una copa y el número de teléfono del elegido, me fijé en el chico que estaba apoyado a mi lado en la barra. Tenía el pelo tirando a largo, ensortijado,muy oscuro y le caía sobre unos ojos totalmente negros. Una cicatriz le atravesaba el cuello, fruto de un accidente de tráfico. Sobre su camiseta naranja, colgaba una cámara enorme. Luego me enteré que era fotógrafo de un periodico local y que había ido allí para hacer un reportaje.
Hablamos toda la noche y quedamos para otro día. Nos hicimos amigos e, incluso, le acompañé en ocasiones a alguna exposición de pintores aficionados de la ciudad o belenes vivientes de la comunidad de vecinos correspondiente. Solíamos tomar un café casi todas las semanas y confiamos bastante el uno en el otro.
Hace un par de semanas, quedamos en su casa. Su compañera de piso había ido a dormir con el novio y su compañero se había adueñado del salón, viendo Cuarto Milenio. Nos quedamos con él.
Creo que nunca lo había dicho antes pero soy muy miedosa y, como descubrí, él también. Así que después de tener a Iker Jimenez en su Nave del Misterio, no había quien me llevase a casa. Ni yo me atrevía a bajar al portal, pensando en las posibles apariciones, ni él era capaz de arrancar su Peugeot de ochocientos años sin imaginarse a la niña de la curva.
Me quede a dormir con él. Me prestó un pijama de su compañera de piso que estaba en el tendedero y nos metimos en la estrecha cama de 90. Por supuesto, dejamos la luz encendida.
La situación era ridícula ¡parecíamos niños de diez años después de contar historias de miedo en un campamento! Tampoco importaba mucho, había confianza y los dos estábamos en parecida situación.
No sé en que momento me dormí pero cuando volví a despertarme estaba con la cabeza apoyada en su pecho y un aviso de tortículis de cuidado. Me reincorporé y a los pocos segundos volvía a estar medio dormida, esta vez con la barbilla en su hombro. En ocasiones, cuando me despertaba un poquito, le besaba en la mejilla (soy muy cariñosa con mis amigos) y me recostaba de nuevo. Él no se dormía, se limitaba a abrazarme y, a veces, me contaba algo aunque yo no le respondía y si lo hacía, no era con mucha coherencia. Al cabo de una hora o dos, me desvelé de pronto justo cuando empezaba a dormirse él.
- ¿Qué te pasa? - me preguntó Diego sobresaltado.
- No sé, tendría pesadillas...
- Si es que no me aguantas nada...
- ¡Oye, que estabas tan acojonado como yo!
- No, eras tú la que me pediste que dejara la luz encendida -se río a sabiendas de que yo tenía la razón.
- Mentiroso - susurré.
Nos quedamos en silencio, mirándonos y sin saber cómo empezamos a besarnos. Y, definitivamente, ya no nos dió miedo apagar la luz.