Queridos cómplices:
La situación anterior finalizó en el mismo punto en el que la dejé.
En cuanto mi hermano se volvió a la cama, empecé a pensar con la cabeza más fría y me levanté. Me despedí con un beso prolongado y me fui a mi habitación.
A las pocas horas, corrí al salón a despertar a Pablo. No estaba segura de que Fer no hubiese oído algo y lo que menos quería era una charla fraternal sobre qué debo o no debo hacer con mi vida (y menos cuando no es precisamente él un santo).
El amigo de mi novio dormía como un bendito. Iba a llamarle pero, en ese momento, dudé. Las casualidades no existen y era bastante extraño que a Pablo se le hubiesen olvidado las llaves aquella noche.
Su cazadora estaba colgada en la silla. Sintiéndome una fisgona, rebusqué en los bolsillos y ¡bingo!; ahí estaban sus llaves, sujetas con un llavero de una bola de billar.
La verdad es que no me sentí demasiado engañada, más bien ingenua. Hay que ser estúpida para no haberse dado cuenta antes. Pablo quería jugar y yo no había sido lo suficientemente lista de mover ficha y hacerle un jaque mate.
Tampoco iba a quedar como una tonta ni a montar un numerito así que, intentando no hacer ruido, quité el llavero y lo escondí dentro de un jarrón.
Luego, le tiré un cojín al okupa del sofá:
- ¡Despierta, anda! Que no quiero que te venga mi hermano aquí...
No le dí tiempo ni a replicar. Le acompañé hasta la puerta y añadí:
- Espero que ya te abra la puerta tu compañero de piso.
Sería más divertida su cara cuando fuese a abrir la puerta y encontrase que le faltaba su llavero.
Después, guardé la bola de billar en una caja de zapatos casi vacía, en el fondo del armario. Una caja dónde ya había un tanga rojo robado y una pulsera de Uno de Cincuenta.
lunes, 17 de noviembre de 2008
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