Queridos cómplices:
A partir del momento en que yo accedí al trío con Estrella y el informático, las cosas parecían haber vuelto a la normalidad. Ni habíamos vuelto a hablar del asunto.
Sin embargo, ya el viernes siguiente empecé a sospechar que aquello estaba a punto de pasar. El chico nos invitó a cenar a un lugar muy íntimo, con velitas en las mesas y música relajada.
Nuestra mesa estaba un poquito apartada del resto pero eso no impidió darme cuenta: todo eran parejas. Y claro, ahí estaba yo, leyendo la carta con nerviosismo.
Pronto sentí una mano cálida en mi rodilla. Intenté mantenerme inexpresiva como si no estuviese notando nada. Discretamente, eché una mirada por encima del librillo. Estrella tenía ese gesto suyo juguetón que pone cuando está haciendo manitas con alguien. Nos estaba metiendo mano a las dos a la vez.
Cuando llegamos al postre, yo había perdido la cuenta de las copas de vino y champagne que llevaba. No me gusta el vino y no suelo beber mucho pero supe que aquella situación lo exigiría. Con la última cucharada de tarta, la mano izquierda del chico de las computadoras navegaba por entre mis muslos.
Yo estaba algo mareada así que cuando nos subimos en su coche, bajé la ventanilla y empezó a invadirme un sopor profundo.
Cuando quise darme cuenta, estaba en la habitación 111 de un hotel (no me acuerdo mucho de esa noche pero fue un número que me llamó la atención). Entré en el baño y me lavé la cara. Un poco más despejada salí del aseo y casi volví a encerrarme corriendo. Estrella esperaba en braguitas encima de la cama mi aparición.
No sé de dónde había salido otra botella de champán pero dí buena cuenta de ella rápidamente. Me uní a la pareja, temerosa. Sé que lo desnudamos entre las dos y yo fui la siguiente en quedar sin ropa. No recuerdo mucho del resto, sólo escenas. Al principio, todo era un juego. Le estuvimos calentando, de eso si me acuerdo. Y él no podía más.
No sé en que momento penetró a mi amiga. La veía galopar sobre él y yo le besaba. El informático me acariciaba lascivamente y me lamía todo mi torso. Le excitaba pellizcarnos los pechos a ambas a la vez. Mientras se corría, me introdujo un dedo de forma brusca en la vagina.
Nada de aquello era agradable para mí. No me sentía cómoda; era sólo un juguete sexual en manos de un obseso con una segura falta de autoestima. Tendría que haber salido de allí corriendo; ni siquiera sé porque no lo hice. Supongo que la situación me pudo. Ya no era ni por Estrella; no se hubiese enfadado conmigo si me hubiera largado. Lo habría entendido a la perfección.
Afortunadamente, el alcohol consiguió dos cosas: desinhibirme y dejarme lagunas que, seguramente, me han ahorrado recuerdos aún peores que los que tengo.
Mientras él descansaba un poco, me dormí. Me desperté de forma muy brusca. El informático, fuera de sí, intentaba practicarme sexo oral de forma salvaje mientras mi amiga le hacía una felación. Me dejé hacer, intentando que nuestras miradas no se cruzasen. En algún momento, me penetró con su puño.
Estrella me ha contado que su amante folló conmigo dos veces: una encima de mí, otra como un perrito. Debía estar bastante inconsciente, no tengo nada en mi memoria. O quién sabe, lo mismo es un mecanismo de autodefensa.
Cuando me desperté eran las tres de la tarde. Me dolía la cabeza, tenía una sed horrible y la boca pastosa. Estrella y yo compartíamos cama, ambas desnudas. El informático había salido.
Volví a vomitar (debía ser la tercera vez que lo hacía); creo que más por naúseas y asco que por la resaca.
Fui al baño, me miré al espejo. Tenía marcas de mordiscos por la mitad de mi cuerpo y una cara de zombi de serie B. Me vestí corriendo. No quería mirar al informático a la cara así que me fui de allí, dejándole una nota a mi amiga en la almohada.
La verdad es que no tenían culpa de nada. Yo había aceptado y nadie me había obligado. Pero nunca me había sentido tan sucia, tan vacía... ¿Cómo podía haberme dejado llevar a este punto? ¿Valgo tan poco? Tengo que reconocerlo, no soy una santa. Y sí, soy un poco zorra aunque tenga mis excusas. Pero no soy un simple objeto ni una muñeca hinchable. Tenía el alma y mi amor propio hecho pedacitos así que me fui a la playa con la misma ropa con la que había salido la noche anterior.
Me abracé a mí misma e intenté respirar. Estaba al borde de un ataque de ansiedad. Sólo quería desahorgarme y llorar, que alguien que me conociese de verdad me dijese que no era tan mala, que no era una basura, que me merecía algo. Saqué el móvil y marqué un número. David me contestó al otro lado.
Nuestra mesa estaba un poquito apartada del resto pero eso no impidió darme cuenta: todo eran parejas. Y claro, ahí estaba yo, leyendo la carta con nerviosismo.
Pronto sentí una mano cálida en mi rodilla. Intenté mantenerme inexpresiva como si no estuviese notando nada. Discretamente, eché una mirada por encima del librillo. Estrella tenía ese gesto suyo juguetón que pone cuando está haciendo manitas con alguien. Nos estaba metiendo mano a las dos a la vez.
Cuando llegamos al postre, yo había perdido la cuenta de las copas de vino y champagne que llevaba. No me gusta el vino y no suelo beber mucho pero supe que aquella situación lo exigiría. Con la última cucharada de tarta, la mano izquierda del chico de las computadoras navegaba por entre mis muslos.
Yo estaba algo mareada así que cuando nos subimos en su coche, bajé la ventanilla y empezó a invadirme un sopor profundo.
Cuando quise darme cuenta, estaba en la habitación 111 de un hotel (no me acuerdo mucho de esa noche pero fue un número que me llamó la atención). Entré en el baño y me lavé la cara. Un poco más despejada salí del aseo y casi volví a encerrarme corriendo. Estrella esperaba en braguitas encima de la cama mi aparición.
No sé de dónde había salido otra botella de champán pero dí buena cuenta de ella rápidamente. Me uní a la pareja, temerosa. Sé que lo desnudamos entre las dos y yo fui la siguiente en quedar sin ropa. No recuerdo mucho del resto, sólo escenas. Al principio, todo era un juego. Le estuvimos calentando, de eso si me acuerdo. Y él no podía más.
No sé en que momento penetró a mi amiga. La veía galopar sobre él y yo le besaba. El informático me acariciaba lascivamente y me lamía todo mi torso. Le excitaba pellizcarnos los pechos a ambas a la vez. Mientras se corría, me introdujo un dedo de forma brusca en la vagina.
Nada de aquello era agradable para mí. No me sentía cómoda; era sólo un juguete sexual en manos de un obseso con una segura falta de autoestima. Tendría que haber salido de allí corriendo; ni siquiera sé porque no lo hice. Supongo que la situación me pudo. Ya no era ni por Estrella; no se hubiese enfadado conmigo si me hubiera largado. Lo habría entendido a la perfección.
Afortunadamente, el alcohol consiguió dos cosas: desinhibirme y dejarme lagunas que, seguramente, me han ahorrado recuerdos aún peores que los que tengo.
Mientras él descansaba un poco, me dormí. Me desperté de forma muy brusca. El informático, fuera de sí, intentaba practicarme sexo oral de forma salvaje mientras mi amiga le hacía una felación. Me dejé hacer, intentando que nuestras miradas no se cruzasen. En algún momento, me penetró con su puño.
Estrella me ha contado que su amante folló conmigo dos veces: una encima de mí, otra como un perrito. Debía estar bastante inconsciente, no tengo nada en mi memoria. O quién sabe, lo mismo es un mecanismo de autodefensa.
Cuando me desperté eran las tres de la tarde. Me dolía la cabeza, tenía una sed horrible y la boca pastosa. Estrella y yo compartíamos cama, ambas desnudas. El informático había salido.
Volví a vomitar (debía ser la tercera vez que lo hacía); creo que más por naúseas y asco que por la resaca.
Fui al baño, me miré al espejo. Tenía marcas de mordiscos por la mitad de mi cuerpo y una cara de zombi de serie B. Me vestí corriendo. No quería mirar al informático a la cara así que me fui de allí, dejándole una nota a mi amiga en la almohada.
La verdad es que no tenían culpa de nada. Yo había aceptado y nadie me había obligado. Pero nunca me había sentido tan sucia, tan vacía... ¿Cómo podía haberme dejado llevar a este punto? ¿Valgo tan poco? Tengo que reconocerlo, no soy una santa. Y sí, soy un poco zorra aunque tenga mis excusas. Pero no soy un simple objeto ni una muñeca hinchable. Tenía el alma y mi amor propio hecho pedacitos así que me fui a la playa con la misma ropa con la que había salido la noche anterior.
Me abracé a mí misma e intenté respirar. Estaba al borde de un ataque de ansiedad. Sólo quería desahorgarme y llorar, que alguien que me conociese de verdad me dijese que no era tan mala, que no era una basura, que me merecía algo. Saqué el móvil y marqué un número. David me contestó al otro lado.
