Queridos cómplices:
Una llamada desesperada de Estrella de ayer por la noche me ha hecho decidir de repente que me voy a pasar unos días a su casa en Galicia.
Mi amiga está en plena crisis emocional y creo que debo ayudarla (y de propina consigo unas vacaciones).
Cuando vuelva (a más tardar la semana que viene) os informaré de todo lo que pase en la tierra de meigas.
Besos pecaminosos mientras tanto...
miércoles, 13 de agosto de 2008
domingo, 10 de agosto de 2008
ACCIDENTE
Queridos cómplices:
Esta semana era la última en el ciber ( y no he cobrado 350 euros sino bastante más, malentendido que me ha llevado una alegría). Después del cabreo que tenía y que David no paraba de solucionar, llegué con él a un acuerdo. No iba a negarle la palabra pero tampoco a hablar del tema. Conversaciones triviales. Punto.
Y así hasta ayer. Sin embargo, anoche sucedió algo.
Mi madre me dice que soy un imán para los accidentes. Si no salgo perjudicada, tarde o temprano,mi mala suerte afectará a las personas que me rodean. Y su teoría tiene una base empírica. No obstante, nunca ha ocurrido nada más grave que algún moratón o un brazo roto.
Hacía tiempo que mi gafe no me perjudicaba ni a mí ni a nadie. Pero, claro, tenía que pasar. Y ayer fue el momento preciso.
David y yo estábamos organizando los pedidos que habían llegado. Lo típico, las latas para la máquina, bolsas de patatas y similares para el kiosko, chocolatinas... En un acto de caballerosidad (de los pocos que creo que han de seguir conservándose), David se ofreció a mover las cajas mientras yo colocaba las cosas en su sitio.
Todo iba bien. En diez minutos estaría fuera y podría irme tranquilamente a mi casa, dónde me esperaba Ángel con cena y, seguramente, poca ropa.
De repente, mientras colocaba las Pringles en el estante oí un golpe seco, seguido de un quejido:
- Mierda, joder.
David había perdido el equilibrio y se había caído. Acudí a su lado con rapidez.
-No está roto - murmuré - Voy a por hielos.
El bar de enfrente estaba a punto de cerrar pero llegué a tiempo. Cuando regresé con un vaso de litro lleno de cubitos, David, que había pensado un poquito más que yo,se había colocado un par de Coca-Colas de la máquina en el tobillo.
Esperamos a que la hinchazón bajase y al ver que le dolía tanto y que no mejoraba mucho, me empeñé en llevarle a Urgencias.
- Tengo la bici ahí, puedo ir solo.
- Sí, claro. Con el pie jodido. ¿Tú eres tonto?
Llamé un taxi que tardó más de veinte minutos y, después de dos horas en urgencias entre comas etílicos y heridas de botellazos (la gente debe estar muy agresiva últimamente) y un pobre hombre que estaba sufriendo un infarto, nos atendieron.
Esguince de segundo grado, doce días de escayola.
David se enfadó, no sé muy bien si consigo mismo o con el médico, o con los dos.
Tuve que llevarle a casa y aguantar sus protestas. No quería tomar el antiinflamatorio, decía que prefería nosequé remedio natural así que le ignoré y le llevé un vaso de agua.
Con un taburete y un cojín para apoyar la pierna, lo acomodé en el salón.
David vive con su hermana pequeña y su madre en un duplex precioso. Su madre está viuda y, últimamente, se ve con un dentista divorciado. De hecho, están pensando en boda, según me explicó. De esta forma, estaba solo casi todos los días en casa porque su progenitora y la pequeña iban a dormir al chalet del odontólogo.
Como ahora están de vacaciones en Praga, no había nadie que lo cuidase. Me dio bastante pena y decidí quedarme. Llamé a Angel que refunfuñó, más melancólico que enfadado y ayudé a mi compañero a trasladarse a su habitación.
Su cuarto era tal y como yo me había imaginado. Un tapiz enorme de un sol en la pared, una alfombra india y velitas repartidas por las estanterías. Olía a incienso. En el escritorio tenía miniaturas de distintas series manga (sólo reconocí Full Metal Alchemist), dados de rol y una cachimba. En la estantería, había alguna novela, obras de Marx, los libros de Harry Potter, la biografía del Che Guevara y un montón de comics.
- Mira que eres rarito, niño - le dije - Que tienes lo mismo de hippie que de freaky.
- Prefiero que digas que soy original - me reí.
- Vale, chico original - le ayudé a meterse en la cama y me senté a su lado.
-¿ Por qué te estás portando tan bien conmigo? Quiero decir, estabas enfadada.
- Ummm... Siempre me han gustado las obras de caridad. Además, una cosa es que me molestase algo que tú hicieras y otra que te deje solo en una casa vacía sin muletas y sin poder ni siquiera andar.
Nos quedamos en silencio pero él no tardó en romperlo.
- Perdóname. Fue una tonteria.
- ¿ Por qué lo hiciste?
- No lo sé - suspiró y me miró con esos ojos verdes que, pensé, son demasiado bonitos - Supongo que me atraías, me llamabas la atención y quería conocerte.
- ¿ Y no podías pedirme que tomase un café contigo? Sabes, suele funcionar mejor que tomar identidades falsas.
- En ningún momento, nada de lo que te dije fue mentira. Mi identidad no era falsa, sólo que no era desconocida. ¿Y si te hubiese pedido que tomaras algo conmigo me habrías contado todo lo que dijiste?
- No, no suelo ir contando a la gente que le soy infiel a mi novio con desconocidos. No me gusta que me cataloguen de zorra tan pronto.
- La gente es más sincera hablando por Internet, creeme.
- Supongo que de eso sabrás tú más.
Volvimos a callarnos. Esta vez me tocó a mí hablar:
- No voy a echarme un polvo contigo, David.
- En ningún momento he partido de ahí.
Me tumbé a su lado y ahuequé la almohada. Le miré a la cara, muy de cerca.
- Además, nunca cabalgo en la primera cita. - bajé mi tono de voz, más sensual
- Hay otras formas, amazona - sonreí con su juego de palabras.
- Ya has oído al médico, no puedes hacer esfuerzos. - nos reimos a la vez.
- Me recupero pronto - prometió
Estuvimos hablando toda la noche. En algún momento, debí de quedarme dormida.
Esta mañana,cuando me desperté, aún él soñaba. Le miré con ternura, las rastas despelujadas, su expresión de niño travieso. Se abrazaba a la almohada. No pude evitar besarle en la frente. Me fuí antes de que se despertase y me llevé sus llaves, tenía que conseguirle unas muletas.
Esta semana era la última en el ciber ( y no he cobrado 350 euros sino bastante más, malentendido que me ha llevado una alegría). Después del cabreo que tenía y que David no paraba de solucionar, llegué con él a un acuerdo. No iba a negarle la palabra pero tampoco a hablar del tema. Conversaciones triviales. Punto.
Y así hasta ayer. Sin embargo, anoche sucedió algo.
Mi madre me dice que soy un imán para los accidentes. Si no salgo perjudicada, tarde o temprano,mi mala suerte afectará a las personas que me rodean. Y su teoría tiene una base empírica. No obstante, nunca ha ocurrido nada más grave que algún moratón o un brazo roto.
Hacía tiempo que mi gafe no me perjudicaba ni a mí ni a nadie. Pero, claro, tenía que pasar. Y ayer fue el momento preciso.
David y yo estábamos organizando los pedidos que habían llegado. Lo típico, las latas para la máquina, bolsas de patatas y similares para el kiosko, chocolatinas... En un acto de caballerosidad (de los pocos que creo que han de seguir conservándose), David se ofreció a mover las cajas mientras yo colocaba las cosas en su sitio.
Todo iba bien. En diez minutos estaría fuera y podría irme tranquilamente a mi casa, dónde me esperaba Ángel con cena y, seguramente, poca ropa.
De repente, mientras colocaba las Pringles en el estante oí un golpe seco, seguido de un quejido:
- Mierda, joder.
David había perdido el equilibrio y se había caído. Acudí a su lado con rapidez.
-No está roto - murmuré - Voy a por hielos.
El bar de enfrente estaba a punto de cerrar pero llegué a tiempo. Cuando regresé con un vaso de litro lleno de cubitos, David, que había pensado un poquito más que yo,se había colocado un par de Coca-Colas de la máquina en el tobillo.
Esperamos a que la hinchazón bajase y al ver que le dolía tanto y que no mejoraba mucho, me empeñé en llevarle a Urgencias.
- Tengo la bici ahí, puedo ir solo.
- Sí, claro. Con el pie jodido. ¿Tú eres tonto?
Llamé un taxi que tardó más de veinte minutos y, después de dos horas en urgencias entre comas etílicos y heridas de botellazos (la gente debe estar muy agresiva últimamente) y un pobre hombre que estaba sufriendo un infarto, nos atendieron.
Esguince de segundo grado, doce días de escayola.
David se enfadó, no sé muy bien si consigo mismo o con el médico, o con los dos.
Tuve que llevarle a casa y aguantar sus protestas. No quería tomar el antiinflamatorio, decía que prefería nosequé remedio natural así que le ignoré y le llevé un vaso de agua.
Con un taburete y un cojín para apoyar la pierna, lo acomodé en el salón.
David vive con su hermana pequeña y su madre en un duplex precioso. Su madre está viuda y, últimamente, se ve con un dentista divorciado. De hecho, están pensando en boda, según me explicó. De esta forma, estaba solo casi todos los días en casa porque su progenitora y la pequeña iban a dormir al chalet del odontólogo.
Como ahora están de vacaciones en Praga, no había nadie que lo cuidase. Me dio bastante pena y decidí quedarme. Llamé a Angel que refunfuñó, más melancólico que enfadado y ayudé a mi compañero a trasladarse a su habitación.
Su cuarto era tal y como yo me había imaginado. Un tapiz enorme de un sol en la pared, una alfombra india y velitas repartidas por las estanterías. Olía a incienso. En el escritorio tenía miniaturas de distintas series manga (sólo reconocí Full Metal Alchemist), dados de rol y una cachimba. En la estantería, había alguna novela, obras de Marx, los libros de Harry Potter, la biografía del Che Guevara y un montón de comics.
- Mira que eres rarito, niño - le dije - Que tienes lo mismo de hippie que de freaky.
- Prefiero que digas que soy original - me reí.
- Vale, chico original - le ayudé a meterse en la cama y me senté a su lado.
-¿ Por qué te estás portando tan bien conmigo? Quiero decir, estabas enfadada.
- Ummm... Siempre me han gustado las obras de caridad. Además, una cosa es que me molestase algo que tú hicieras y otra que te deje solo en una casa vacía sin muletas y sin poder ni siquiera andar.
Nos quedamos en silencio pero él no tardó en romperlo.
- Perdóname. Fue una tonteria.
- ¿ Por qué lo hiciste?
- No lo sé - suspiró y me miró con esos ojos verdes que, pensé, son demasiado bonitos - Supongo que me atraías, me llamabas la atención y quería conocerte.
- ¿ Y no podías pedirme que tomase un café contigo? Sabes, suele funcionar mejor que tomar identidades falsas.
- En ningún momento, nada de lo que te dije fue mentira. Mi identidad no era falsa, sólo que no era desconocida. ¿Y si te hubiese pedido que tomaras algo conmigo me habrías contado todo lo que dijiste?
- No, no suelo ir contando a la gente que le soy infiel a mi novio con desconocidos. No me gusta que me cataloguen de zorra tan pronto.
- La gente es más sincera hablando por Internet, creeme.
- Supongo que de eso sabrás tú más.
Volvimos a callarnos. Esta vez me tocó a mí hablar:
- No voy a echarme un polvo contigo, David.
- En ningún momento he partido de ahí.
Me tumbé a su lado y ahuequé la almohada. Le miré a la cara, muy de cerca.
- Además, nunca cabalgo en la primera cita. - bajé mi tono de voz, más sensual
- Hay otras formas, amazona - sonreí con su juego de palabras.
- Ya has oído al médico, no puedes hacer esfuerzos. - nos reimos a la vez.
- Me recupero pronto - prometió
Estuvimos hablando toda la noche. En algún momento, debí de quedarme dormida.
Esta mañana,cuando me desperté, aún él soñaba. Le miré con ternura, las rastas despelujadas, su expresión de niño travieso. Se abrazaba a la almohada. No pude evitar besarle en la frente. Me fuí antes de que se despertase y me llevé sus llaves, tenía que conseguirle unas muletas.
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